La psicología coincide que las personas que empiezan todo y no acaban nada no son perezosas, sino que su cerebro se ha vuelto adicto a la novedad y al chute inicial de cada proyecto

La psicóloga Silvia Severino explica un patrón con nombre clínico que muchos adultos reconocen en su carrera profesional, sus rutinas deportivas y sus aficiones inacabadas.

La psicología coincide que las personas que empiezan todo y no acaban nada no son perezosas, sino que su cerebro se ha vuelto adicto a la novedad y al chute inicial de cada proyecto |Envato
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Una pila de libros sin terminar, el gimnasio al que se va dos semanas y lo deja, el curso online abandonado en el módulo tres y los tres proyectos paralelos que nunca llegan a entregarse no responden a la imagen clásica de la persona vaga. Apuntan a otra cosa, según describe la psicóloga Silvia Severino: una recompensa neuroquímica enganchada al arranque más que al final.

“Ser una persona que empieza todo y no acaba nada es un patrón que tiene un nombre en psicología”, afirma Severino. La experta lo vincula a un funcionamiento concreto del sistema de recompensa cerebral, donde el chute de dopamina se concentra en la fase inicial: la decisión, la compra del material, la planificación, la fantasía del resultado.

Por qué el cerebro premia el principio y castiga el final

La neurociencia aplicada lleva años describiendo este circuito. La dopamina se libera con más intensidad en la anticipación que en la consecución. El estudio de referencia es el de Bunzeck y Düzel publicado en Neuron en 2006, que demostró con resonancia magnética funcional que la zona de la sustancia negra y el área tegmental ventral, núcleos del sistema dopaminérgico, se activa específicamente ante la novedad de un estímulo y no ante su valor emocional. Eso significa que para muchas personas el momento más placentero de un proyecto no es terminarlo, sino imaginarse terminándolo.

Cuando llega la fase intermedia, la del trabajo aburrido y repetitivo, el incentivo desaparece y el cerebro busca otra novedad que vuelva a activar el sistema. Severino añade que en consulta este patrón aparece con frecuencia en perfiles de alto rendimiento. Personas con currículos largos, varias formaciones empezadas, varios cambios de sector y una sensación crónica de no terminar nada del todo. La psicóloga matiza que no es un trastorno, pero sí un patrón que conviene reconocer porque desgasta la autoestima y deja la sensación de no avanzar pese a no parar.

La salida pasa por separar el deseo de empezar de la decisión de seguir

La intervención más común en terapia, según describe la propia experta, no consiste en obligarse a terminar todo. Empieza por algo más sencillo: aprender a distinguir entre el impulso de empezar algo nuevo y la decisión consciente de comprometerse. Severino propone un margen de unos días entre el deseo y la matrícula, la inscripción o la compra. Ese intervalo permite que el chute inicial se enfríe y se vea con más claridad si el proyecto sigue interesando cuando ya no estimula tanto.

La psicóloga también recomienda reducir el número de proyectos simultáneos. Cuanto más se diversifica la energía, más probabilidades hay de que cada nuevo arranque desplace al anterior y deje una colección de inicios huérfanos. Llevarse uno hasta el final, aunque sea pequeño, ofrece al cerebro la prueba de que también puede generar dopamina en la fase de cierre.

El reconocimiento del patrón suele ser, según los profesionales que trabajan este perfil, la primera intervención eficaz. Saber que la dificultad no es falta de carácter sino un sesgo neuroquímico común permite dejar de cargar con la culpa y empezar a diseñar rutinas que protejan los finales tanto como los inicios.

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