Quien creció en la España del tardofranquismo y la Transición salía solo a la calle, volvía cuando empezaba a oscurecer y se las apañaba con sus conflictos sin que ningún adulto interviniera. Lo que durante años se ha vendido como una infancia descuidada, según la psicología actual, fue lo que les enseñó a regular sus propias emociones.
Un metaanálisis publicado en Development and Psychopathology que recopila los resultados de 52 investigaciones apunta en esa dirección. Cuando los padres son excesivamente protectores y controladores, sus hijos tienden a presentar niveles ligeramente más altos de ansiedad y depresión en la edad adulta. La relación encontrada en un trabajo liderado por Qi Zhang (Universidad de Wisconsin-Madison) y Wongeun Ji (Universidad Global de Handong), aparece de forma consistente en culturas y niveles de ingresos muy distintos.
La autorregulación se aprende sin público
Cuando los psicólogos hablan de resiliencia, en realidad hablan de autorregulación. Es la capacidad de gestionar emociones y comportamiento sin necesidad de que otra persona lo haga por uno. Se entrena calmándose tras una discusión, esperando turno cuando uno está estresado o tomando una decisión bajo presión. Y, según los especialistas, es una habilidad que se construye en pequeños momentos cotidianos, no en una sola charla motivacional.
Marc Brackett, director del Centro de Inteligencia Emocional de la Universidad de Yale, define la regulación emocional como un conjunto de habilidades intencionales aprendidas para gestionar las emociones con sensatez. Y la pieza clave de ese aprendizaje es el juego libre y no estructurado. Una investigación de 2022 sobre 2.213 niños australianos, publicada en Early Childhood Research Quarterly, encontró que cuanto más tiempo dedicaban al juego sin instrucciones de adultos en preescolar, mayor capacidad de autorregulación mostraban dos años después. La conclusión se mantenía incluso descontando el autocontrol previo del niño y otros factores.
A esa conclusión se suma la revisión sistemática que dirigió Mariana Brussoni en la Universidad de Columbia Británica en 2015, publicada en el International Journal of Environmental Research and Public Health. El trabajo analizó 21 estudios sobre juego al aire libre con riesgo (trepar, juegos bruscos, explorar fuera del alcance del oído de los adultos) y encontró efectos positivos sobre la actividad física, las relaciones sociales y el desarrollo emocional.
Por qué los niños españoles ya no juegan en la calle
El cambio no es solo cultural, también es estructural. Un estudio internacional del Policy Studies Institute para la Fundación Nuffield sobre 18.303 niños de entre 7 y 15 años en 16 países identificó al tráfico como la principal razón por la que los padres impiden que sus hijos salgan solos. Las escuelas tampoco ayudan, las normativas se han endurecido para minimizar cualquier riesgo y, con ellas, han desaparecido las oportunidades de aprender a evaluar peligros reales.
La cuestión no es romantizar el abandono. La psicología insiste en que un niño desatendido sufre, y que no todos los barrios son seguros para devolverles la libertad de hace cincuenta años. Lo que apuntan estos estudios es algo más concreto, ofrecer al niño oportunidades pequeñas adecuadas a su edad para decidir, frustrarse y resolver solo. Aquellos que crecieron a finales del siglo XX no eligieron criarse así, fueron las circunstancias. El resultado, según la investigación, es una capacidad de gestionar emociones que las generaciones más vigiladas tienen que reaprender después en consulta.

