Para muchos nacidos entre los años 80 y 90, Dragon Ball no fue solo una serie de dibujos animados, fue mucho más. Y es que la historia de ‘Bola de dragón’ estuvo acompañando toda la infancia y la adolescencia de miles de niños y niñas en aquella época, con todas sus enseñanzas y valores morales implícitos. Desde personajes que cambiaban, se equivocaban, se daban cuenta de sus errores e intentaban corregirlo hasta el esfuerzo y la constancia para llegar a ser algo más.
La serie creada por Akira Toriyama marcó a toda una generación gracias a su mezcla de aventura, humor, superación y luchas por hacer el bien o el mal. Haciendo un repaso de sus capítulos, se veía como los enemigos no lo eran por siempre, sino que podían redimirse y pasar al lado bueno de la historia. Asimismo, los héroes como Vegeta o Piccolo tampoco eran perfectos y cometieron fallos de los que después se arrepintieron o que les hizo cambiar su forma de ser.
En eso se basa la ambigüedad moral que por consiguiente pudieron aprender los telespectadores. Dragon Ball no enseñaba solo a que hay que vencer al malo, sino que muchas personas podían cambiar con el tiempo y así no tener que ‘vencerlos’. Vegeta, por ejemplo, pasó de ser un guerrero cruel y con mucho ego a formar parte del grupo de Goku y compañía. Piccolo, que comenzó siendo también ‘de los malos’, acabó siendo uno de los personajes que más enseñanzas valiosas transmitieron y, en el desarrollo de la historia, que más marcaron la vida de Gohan.
Este tipo de historias puede relacionarse con la teoría del desarrollo moral de Lawrence Kohlberg, que estudia cómo las personas aprenden a razonar sobre lo correcto y lo incorrecto. Según Britannica, Kohlberg desarrolló su teoría en 1958 a partir de los trabajos de Jean Piaget y se enfocó no solo en la decisión moral, sino en el pensamiento que hay detrás de esa elección.
Teniendo en cuenta esta teoría, Dragon Ball daba por tanto a muchos niños de los años 80 y 90 un universo donde los personajes no se quedaban siempre igual o en el mismo estatus, sino que estos podían cambiar. Un mismo personaje podía haber hecho daño, arrepentirse, proteger a otros y hasta desarrollar una nueva identidad. Esa complejidad obligaba a los niños que veían la serie a preguntarse por sus motivaciones y no quedarse solo con una etiqueta inicial.
Uno de los mejores ejemplos es Gohan. Durante buena parte de la historia parecía destinado a convertirse en el gran guerrero que superaría a todos. Sin embargo, su evolución también mostró otra posibilidad: elegir estudiar, formar una familia y alejarse de la lucha como único destino. Esa decisión rompía con la expectativa de que el poder debía usarse siempre de la misma forma.
Además, la influencia de Dragon Ball no se ha apagado. La web oficial de la franquicia recordó que el manga comenzó a publicarse en Weekly Shonen Jump el 20 de noviembre de 1984, por lo que en 2024 cumplió 40 años desde su inicio. Ese aniversario confirmó que la obra de Toriyama sigue siendo una de las más influyentes de la cultura popular japonesa y mundial.
Eso sí, hay que dejar clara una cosa y es que no podemos decir que ver Dragon Ball defina por sí solo la personalidad de toda una generación. Sin embargo, lo que sí es verdad es que la ficción influye un montón en cómo nos imaginamos los problemas o cómo empatizamos con los demás. Al final, Dragon Ball nos puso delante a millones de chavales historias donde cambiar de opinión, arreglar los fallos y evolucionar era, básicamente, lo más importante del viaje.
Cómo se aplica esta ambigüedad moral en la vida real
Solo hay que mirar a la vida diaria para ver reflejadas estas enseñanzas. Por ejemplo, cuando una persona comete un error en el trabajo, deja tirado a un amigo o se porta mal con su familia, la reacción más fácil es que ya se la reconozca solo por ese fallo. Sin embargo, si se ve entre líneas se puede ver la diferencia entre justificar una conducta y entender sus motivos.
Eso pasaba con un montón de personajes en Dragon Ball. Por ejemplo, entender a Vegeta no quería decir que estuviéramos de acuerdo con todas las burradas que hizo. Asimismo, ver cómo cambió Piccolo no borraba sus pifias del principio. Sin embargo, ambos casos nos enseñaron que la gente realmente puede cambiar, hacer nuevos amigos y madurar con el tiempo.
Así, para los que crecimos en los 80 y 90, la serie fue mucho más que simples dibujos. Entonces, nos ayudó a conocer personajes con sus luces y sombras, con héroes que metían la pata y villanos que se redimían. Vamos, que aprendimos pronto que la vida no es solo blanco o negro.

