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La psicología coincide que las personas que presumen de no necesitar a nadie no son más fuertes, sino que han confundido la autosuficiencia con un mecanismo silencioso para evitar el vínculo

La psicóloga Sandra Ferrer analiza cómo el ideal de no depender de nadie, cada vez más presente en redes y en conversaciones cotidianas, termina erosionando la capacidad de vincularse y generando malestar emocional.

Varias personas caminando en la playa
La psicología coincide que las personas que presumen de no necesitar a nadie no son más fuertes, sino que han confundido la autosuficiencia con un mecanismo silencioso para evitar el vínculo |Envato
Berta F. Quintanilla
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Hay frases que se han hecho tendencia en redes sociales como símbolo de empoderamiento pero que la psicología encuentra muy ricas en matices. Por ejemplo, la conocida de “no me hace falta nadie”, “sola estoy mejor”, “conmigo me basto y me sobro” son declaraciones que, para la psicóloga Sandra Ferrer, muestran que no hay fortaleza emocional, sino una estrategia para no exponerse al vínculo.

“Ser demasiado autosuficiente también puede hacernos olvidar que necesitamos a los demás”, afirma la especialista. La psicóloga matiza que no se refiere a la independencia funcional sana, la que permite gestionar la vida adulta sin depender de los padres ni de la pareja. Habla de otra cosa: del exceso de autosuficiencia que ha aprendido a no pedir, a no apoyarse y a no recibir cuidados, casi siempre porque alguna vez pedirlos salió caro.

Por qué el “no necesito a nadie” suele tener historia detrás

Ferrer recuerda en consulta que la autosuficiencia extrema rara vez es un rasgo natural. Casi siempre es una adaptación. Niños que aprendieron pronto que pedir consuelo se castigaba con indiferencia, jóvenes que entendieron que apoyarse en alguien terminaba en decepción o adultos que vivieron rupturas afectivas y decidieron, sin decirlo en alto, no volver a deber nada a nadie.

El cuerpo y la mente se ajustan a esa decisión. Se desarrolla una capacidad notable para resolver problemas en solitario, para callar las propias necesidades y para presentarse al mundo como alguien que no requiere ayuda. Desde fuera se interpreta como fortaleza. Desde dentro suele convivir con un cansancio crónico y una sensación difusa de soledad que la persona no se permite ni nombrar.

El precio invisible de no apoyarse en nadie

La especialista enumera los costes que aparecen en consulta. Relaciones de pareja en las que la parte autosuficiente nunca pide y termina sintiéndose sola pese a la convivencia. Amistades superficiales porque profundizar requeriría mostrar vulnerabilidad. Carreras profesionales largas pero solitarias, en las que ningún colega sabe lo que la persona está atravesando. Cuadros de ansiedad que aparecen sin causa aparente y que en realidad son la presión acumulada de no compartir nada con nadie.

Ferrer remite al Harvard Study of Adult Development, el estudio longitudinal más largo del mundo sobre felicidad, dirigido durante años por el psiquiatra Robert Waldinger. Sus datos muestran que la autosuficiencia extrema predice peor salud cardiovascular, peor sueño y mayor riesgo de depresión a los 60 que tener un círculo pequeño pero real.

La salida que la psicóloga propone no consiste en renunciar a la independencia. Consiste en empezar a ensayar pequeñas formas de pedir. Pedir información, pedir compañía para una gestión, pedir opinión sobre una decisión laboral. La autosuficiencia ha sido vendida como virtud, pero a menudo es una herida que se ha aprendido a vestir bien.

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