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La psicología afirma que la madre o padre que guardan cada dibujo, cada boletín de notas o cada huella no es sentimental: trata de demostrarse a sí mismo que esos días sucedieron

En muchas ocasiones, los progenitores sienten que la infancia pasa demasiado deprisa y necesitan sentir que lo vivido les ha pasado a ellos, y no a otras personas.

Una familia enseñando el dibujo de una niña
La psicología afirma que la madre o padre que guardan cada dibujo, cada boletín de notas o cada huella no es sentimental: trata de demostrarse a sí mismo que esos días sucedieron |Envato
Berta F. Quintanilla
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La psicología ha explicado por qué los recuerdos de la infancia de nuestros hijos tienden a borrarse y el modo que tienen los adultos de demostrarse a sí mismos que pasaron. Hay un cajón en la cocina y alguna caja en los trasteros, donde se guardan los dibujos infantiles, las notas o las manualidades hechas en el colegio. Lo primero que se piensa es que son reliquias de la infancia, pero la psicología sugiere una lectura que va más allá. 

No es sólo el recuerdo sino el modo de verificar que esos años pasaron en realidad. Los padres y madres saben con exactitud quién hizo el dibujo, y en qué momento. Lo que no pueden concretar es qué pasó en sus vidas en aquellas fechas, cómo estaban viviendo. Los objetos estaban ahí. La memoria no.

Estos recuerdos guardados son la prueba de que realmente pasó. Es la realidad tangible de que existió esa infancia de la que los adultos fuimos espectadores. Cada manualidad, cada dibujo o cada figurita de arcilla parece decir “estuve ahí y soy real”. 

Durante los años de alta demanda, por ejemplo cuando son muy pequeños o bebés, esta necesidad de verificarlo todo cobra más sentido. 

El cerebro ‘graba’ los periodos ricos en estímulos

La psicología explica que la percepción del tiempo tiene un fuerte componente cognitivo. El cerebro registra con más claridad aquellos periodos ricos en estímulos y en cambios mientras que comprime o tiende a dejar en el olvido los momentos más repetitivos

Rutinas que se repiten día a día, como el cambio de los pañales y las comidas o los baños diarios, reducen la variedad de experiencias lo que provoca que años enteros se puedan percibir como un sólo bloque, como si todo hubiera pasado al mismo tiempo. 

También hay que tener en cuenta los padres suelen pasar por una fase de estrés crónico derivado de la falta de sueño, donde confiesan que se han distanciado de su propia vida como si cumplieran con todas las tareas (ir al médico, preparar la comida o la organización de cumpleaños) sin sentirse presentes.

No se trata de un trastorno en sí mismo, sino una respuesta habitual que sobreprotege un sistema nervioso sobrecargado.

Los dibujos infantiles como anclaje a la realidad

Los objetos adquieren un valor especial, los dibujos en la nevera o las notas no son una decoración, sino algo que ancla a la realidad. Son un archivo que suple las lagunas de la memoria autobiográfica. Ese tipo de recuerdos también muestra ciertas pistas como por ejemplo, que las personas guardan aquello que temen perder.

Para algunos padres, esta carencia es la vivencia emocional de los años de crianza y para otros, son momentos en los que ellos y sus logros pasaron desapercibidos. No hay que confundir esto con el acaparamiento patológico, un cajón de recuerdos cumple una función de ‘infraestructura de memoria’ siempre y cuando no altere la relación con el presente.

Los problemas aparecen cuando la memoria se queda anclada en el pasado. Con el paso del tiempo estos objetos cobran una nueva dimensión porque cuando los hijos los encuentran en la edad adulta, lo interpretan como una muestra de afecto. 

Luego, entienden que también eran importantes para la persona que los guardó. Es el modo de decir “yo estuve aquí cuando ocurrió”.

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