Los nacidos en los años 80 y los primeros 90 son la última promoción que vivió una infancia sin smartphone, sin tableta y sin Wi-Fi en casa. Hicieron deberes con enciclopedias en papel, esperaban frente al teléfono fijo a que les devolvieran una llamada y aprendieron a aburrirse en una sala de espera sin nada en las manos. Esa biografía hoy resulta un tanto lejana, pero según la psicología cognitiva moldeó un cerebro distinto del que se está formando ahora.
El efecto Flynn, llamado así por el neozelandés James Flynn, había documentado durante décadas que el cociente intelectual subía generación tras generación gracias a la mejor nutrición, la escolarización masiva y la complejidad creciente del entorno.
Esa tendencia se invirtió alrededor del año 2000. Estudios del Centro Ragnar Frisch de Oslo, sobre 730.000 reclutas noruegos analizados durante medio siglo, mostraron que los puntajes empezaron a caer en los nacidos a partir de mediados de los 90 y la caída se acentuó con la generación que ya había crecido con pantalla en mano.
Qué entrenaba aquella infancia y qué no entrena la actual
La diferencia central, según la neurocientífica Theresa Cheng y otros investigadores citados por The Guardian y Le Monde en los últimos meses, está en la atención sostenida, la capacidad de mantener el foco en una sola tarea durante minutos o horas sin saltar de estímulo en estímulo.
Quien creció leyendo enciclopedias, escuchando un disco entero o copiando apuntes durante una clase de cuarenta minutos construyó esa capacidad casi sin darse cuenta. La memoria de trabajo, la concentración prolongada y la tolerancia al aburrimiento se entrenaron a base de necesidad. No había alternativa, había que estar ahí.
Quien crece con un móvil en el bolsillo recibe una dosis constante de estímulos cortos, notificaciones, vídeos de quince segundos, scroll infinito. El cerebro adapta sus circuitos a esa dieta, gana agilidad para saltar entre tareas, pierde profundidad para sostener una sola. La pieza no se rompe, se reconfigura. Lo que se gana, también se paga.
A esto se suma una segunda diferencia, la resolución autónoma de problemas. Antes de Google, una pregunta sin respuesta a mano se resolvía preguntando a alguien, buscando en una enciclopedia o aceptando no saber durante un rato. Esa pausa intermedia, según los psicólogos cognitivos, es la que fortalece el pensamiento crítico. Cuando la respuesta está siempre a un golpe de pulgar, el músculo de pensar despacio se atrofia.
Manejaban peor las fuentes de información
No se trata de romantizar el pasado, ni de pensar que aquellos niños eran más listos. Lo eran de otra manera. La generación criada antes del 2000 tiene también sus puntos débiles, peor manejo de varias fuentes de información a la vez, menos comodidad ante interfaces nuevas, menor capacidad de filtrar el ruido digital. La pantalla ha entrenado otras competencias que esa generación tarda en adquirir.
Lo que la investigación reciente sí señala es una asimetría preocupante. La generación con menos pantalla desarrolló habilidades que sirven para un mercado laboral basado cada vez más en concentración profunda, lectura larga y argumentación elaborada. La que ha crecido con la pantalla puesta llega a ese mismo mercado con la herramienta opuesta, hecha para tareas cortas y multitarea superficial.
Devolver al cerebro un poco de aquella dieta vieja no requiere desconectar del mundo. Basta con bloques cortos de atención sin móvil, lectura larga sin notificaciones o caminar sin auriculares. Veinte o treinta minutos al día son suficientes, según los estudios disponibles, para empezar a recuperar lo que la generación previa al año 2000 tenía como ajuste de fábrica.

