El trabajo doméstico da empleo a cientos de miles de personas en España, pero la mayoría recae sobre todo, en mujeres migrantes. Muchas de ellas se ocupan no solo de la limpieza, sino también del cuidado de niños, mayores y personas dependientes, una labor básica para el funcionamiento diario de numerosos hogares.
Es el caso de Melissa Sánchez, que llegó a España en junio de 2014 con la intención de encontrar las oportunidades que no veía en su país, Honduras. Había empezado a estudiar marketing, pero dejó la carrera y emigró para ayudar económicamente a su familia. Hoy en día, más de una década después, trabaja como limpiadora en un domicilio particular y en una oficina, dos empleos que le han permitido estabilizarse y construir una nueva vida junto a su hija.
Su trayectoria refleja la de miles de mujeres migrantes que trabajan en este sector en España. Además de limpiar, muchas cocinan, planchan y atienden a menores, personas mayores o dependientes, tareas que son imprescindibles para la conciliación de numerosos hogares y para el funcionamiento de la economía.
“Decidí dejar mi país para ayudar a mi familia porque, desgraciadamente, allí tenemos pocas oportunidades”, explica Melissa, según recoge ‘Magas’, reconociendo que su decisión no fue improvisada, sino que partió de la necesidad de buscar un futuro laboral que en Honduras no podría alcanzar.
Una formación que no encontró reconocimiento en España
Antes de emigrar, Melissa ya contaba con estudios y conocimientos de marketing. Recuerda aquella etapa con cierta nostalgia y reconoce que todavía lamenta no haber completado la carrera. “Me arrepiento a veces de no haberla terminado. Igualmente, aquí no funcionan mucho los títulos de allí”, señala.
Así, el ejemplo de Melissa muestra la dificultad para que una formación obtenida en otro países sea reconocida, siendo uno de los obstáculos para muchas personas migrantes, que terminan incorporándose a trabajos muy diferentes a lo que estudiaron.
Por ello, durante sus primeros años trabajó como interna en el servicio doméstico y, tras obtener la documentación necesaria, pasó a trabajar por horas en viviendas particulares. “Normalmente, quienes trabajamos en la limpieza del hogar limpiamos, planchamos y cocinamos. A veces también hay que preparar alguna comida especial”, explica.
Actualmente combina dos empleos de lunes a viernes. En una casa cobra 700 euros mensuales, frente a los 500 que percibía cuando empezó, y en una oficina recibe alrededor de 760 euros. En total, asegura trabajar unas siete horas diarias y ganar entre 1.400 y 1.500 euros al mes.
“Llegar a España no es como lo pintan”
Sin embargo, Melissa valora especialmente la relación que mantiene con la familia para la que trabaja y asegura que el vínculo con sus empleadores y con los niños de la casa se ha convertido en un apoyo importante. “Les quiero, les tengo muchísimo cariño y ya forman parte de nuestra familia”, cuenta.
Pero ese entorno de confianza no es lo habitual en todos los casos. Melissa advierte de que muchas trabajadoras domésticas se enfrentan a situaciones de vulnerabilidad, especialmente durante los primeros años, cuando carecen de documentación, referencias o una red personal que las respalde.
“Llegar a España no es como lo pintan. Uno está expuesto a que lo traten mal, sobre todo si no encuentra buenas personas. Sé de mujeres que han sido maltratadas psicológicamente”.
También subraya la dificultad de acceder a un empleo sin recomendaciones previas. En un sector que se desarrolla principalmente en el ámbito privado de los hogares, las referencias personales suelen convertirse en la principal puerta de entrada y, en ocasiones, en una barrera para quienes acaban de llegar.

