Muchas veces se dice que las personas que crecieron en los años 60 y 70 son más fuertes mentalmente que las de hoy. Esta idea suele basarse en que vivieron sin móviles, sin internet y con menos comodidades. Sin embargo, la psicología actual matiza esta visión y advierte de que la realidad es más compleja. Según distintos psicólogos y análisis divulgativos, aquella generación desarrolló habilidades muy valiosas, pero también arrastra ciertas dificultades que hoy se intentan corregir. No se trata de que una generación sea mejor que otra, sino de entender cómo el entorno influye en la forma de pensar y de actuar.
En esa época, la infancia era más libre pero también más limitada en recursos. En algunos casos había menos supervisión adulta y muchas menos opciones de entretenimiento. Por eso, el aburrimiento formaba parte del día a día, algo que, según la psicología, puede ser clave en el desarrollo mental. Los niños tenían que inventar sus propios juegos, explorar su entorno o dejar volar la imaginación. Esto favorecía la creatividad y la capacidad de estar a solas sin sentirse incómodo. Hoy, en cambio, los psicólogos señalan que la sobreestimulación constante puede dificultar esa relación saludable con el silencio o el vacío.
Cómo el entorno moldeó la autonomía, la disciplina y la forma de afrontar la vida
Otra diferencia importante está en la forma de resolver problemas. Antes no existían herramientas como Google, ChatGPT o los mapas digitales, así que las respuestas no estaban disponibles de forma inmediata. Según explican los psicólogos, esto obligaba a desarrollar habilidades como la paciencia, la perseverancia y la capacidad de improvisar. Si alguien no sabía algo, tenía que investigar, preguntar o probar distintas soluciones. En la actualidad, aunque el acceso a la información es mucho mayor, algunos expertos advierten de que también puede aumentar la dependencia de estas herramientas.
El entorno familiar también jugaba un papel clave. Las familias eran, por lo general, más numerosas y los espacios más compartidos. Era habitual que varios hermanos compartieran habitación o que toda la familia utilizara un solo teléfono. La falta de privacidad y el ruido constante eran parte de la vida cotidiana, algo que, según la psicología, puede reforzar la tolerancia al estrés. Sin embargo, también podía dificultar el desarrollo de espacios personales necesarios para la reflexión o la expresión emocional.
En cuanto a la educación emocional, predominaba un estilo más rígido. Eran frecuentes frases como “no pasa nada” o “deja de llorar”. Los psicólogos coinciden en que este tipo de educación fomentaba la resistencia y la disciplina, pero también tenía un coste importante. Muchas personas aprendieron a ocultar lo que sentían en lugar de expresarlo, lo que puede generar dificultades emocionales en la vida adulta, como problemas para comunicar necesidades o pedir ayuda.
En cuanto a la comunicación en casa, los niños tenían menos voz y se esperaba que obedecieran sin cuestionar. Según la psicología, esto favorecía habilidades como la observación y la adaptación al entorno, ya que aprendían a leer el ambiente y comportarse en consecuencia. Sin embargo, también podía afectar a la seguridad personal y a la capacidad de expresar opiniones propias con confianza.
La relación con el trabajo también era distinta. En general, se entendía como una obligación para ganarse la vida y sobrevivir, más que como una fuente de realización personal. Los psicólogos destacan que este enfoque fomentó valores como la constancia y la responsabilidad, pero hoy convive con una visión diferente, en la que también se busca bienestar emocional y sentido en lo que se hace.
Fortalezas del pasado frente a los retos del presente
En definitiva, la psicología insiste en que no hay generaciones más fuertes, sino habilidades distintas desarrolladas en contextos distintos. Las personas que crecieron sin tecnología pueden destacar en autonomía o resiliencia, mientras que las generaciones actuales desarrollan otras competencias, como la adaptación al entorno digital o una mayor conciencia emocional.
La clave, según los expertos, no está en idealizar el pasado ni en criticar el presente, sino en integrar lo mejor de cada etapa. Al final, más que la época en la que se crece, lo que realmente importa es cómo cada persona utiliza esas experiencias para construir su forma de estar en el mundo.

