Una entrevista de trabajo suele durar unos minutos o, como mucho, varias horas si incluye diferentes pruebas. Sin embargo, Juds asegura que participó en un proceso de selección que se prolongó durante unas 13 horas y que terminó convirtiéndose en una jornada de trabajo sin remunerar.
La joven ha contado en sus redes sociales (@itsjuudss) que todo ocurrió cuando vivía en Valencia y llevaba tiempo intentando encontrar empleo. Al ver una oferta para trabajar como comercial, decidió presentarse a pesar de no tener experiencia en ese sector. “Me estaba costando muchísimo encontrar trabajo y ya echaba de lo que fuera”, explica.
Lo que comenzó como una entrevista grupal acabó con Judith y otras candidatas recorriendo pequeños negocios para intentar vender líneas telefónicas. “Todo el día trabajando, porque eso fue trabajar. Estaba haciéndole su trabajo”, asegura.
Una entrevista grupal con unas 30 personas
Juds relata que al proceso acudieron alrededor de 30 candidatos. Después de una primera explicación, los responsables dividieron al grupo en equipos de tres o cuatro personas y asignaron un entrevistador a cada uno. Según cuenta, les dijeron que debían desplazarse a otra zona para realizar una prueba que serviría para comprobar si eran aptos para el puesto.
La joven preguntó si el trayecto sería largo porque no conocía Valencia y no se sentía cómoda subiendo al coche de una desconocida. “Me dijo que estaba aquí al lado. Una hora y 20 minutos de reloj nos movimos desde el centro de Valencia”, recuerda. Durante el viaje, la entrevistadora les entregó un dosier con tarifas de diferentes compañías telefónicas que se tenían que aprender.
Al llegar, tuvieron que realizar una prueba oral sobre esa información. “Lo pasamos todas, menos mal, porque después de una hora y 20 minutos, como me digas que no paso el examen, a ver cómo me vuelvo”, comenta.
Recorrieron negocios intentando vender líneas de teléfono
Tras superar la prueba, las candidatas comenzaron a visitar pequeños comercios del municipio. “Fuimos empresa por empresa, pequeños negocios de ese pueblo, a intentar venderles una línea de teléfono”, relata. Juds asegura que tenían que explicar las tarifas que se habían aprendido durante el trayecto e intentar cerrar contratos con los propietarios.
La entrevistadora las acompañaba y corregía constantemente su forma de dirigirse a los posibles clientes. Según la joven, les reñía cuando no utilizaban las palabras o los argumentos que la responsable consideraba adecuados. “Te echaba unas broncas y te decía que eso no se hacía así, que tenías que decirlo de otra manera porque, si no, no se lo vendías a la gente”, afirma.
Juds sostiene que algunas de las candidatas consiguieron convencer a varios clientes, pero cuando llegaba el momento de formalizar el contrato, explica que la entrevistadora tomaba el relevo y completaba los datos.
“Me quería ir, pero no sabía dónde estaba”
A medida que pasaban las horas, la joven empezó a sentirse cada vez más incómoda. “Hubo un punto en el que me quería ir, pero no teníamos señal en ese pueblo y no tenía ni idea de dónde estaba”, explica, por lo que decidió quedarse con el grupo hasta que terminara la supuesta entrevista.
La joven afirma que la jornada había comenzado sobre las ocho o las nueve de la mañana y que, con el paso de las horas, solo esperaba que acabara cuanto antes. “Estaba cruzando los dedos porque no tenía otra opción en ese momento”, señala, reconociendo que la dinámica le generó desconfianza. “Lucía todo un poco sectario por cómo nos contaban las cosas y cómo nos hablaban. No me dio muy buenas sensaciones”, asegura. Aun así, trató de pasar desapercibida porque su principal preocupación era volver a casa con seguridad.
La jornada terminó alrededor de las 10 de la noche
Según su testimonio, todos los demás grupos se marcharon a las siete de la tarde, pero el suyo tuvo que quedarse allí porque la entrevistadora quería cerrar un contrato con el propietario de una carnicería, al que estuvieron casi una hora intentando convencer. La joven cuenta que durante la conversación el carnicero sufrió un corte en un dedo y tuvo que marcharse al hospital, pero la responsable decidió esperar a que regresara para terminar la venta.
“Creo que eran las diez de la noche cuando cerramos el contrato”, recuerda Juds, que asegura que durante todo ese tiempo no se sentaron ni hicieron pausas y que tampoco cobró nada por las tareas realizadas. “Todo el día trabajando, sin sentarnos, sin parar. Evidentemente, no vi un euro de esa tarde, ni ninguna comisión ni nada”, afirma.
El viaje de vuelta duró otra hora y 20 minutos, un trayecto que Juds también considera parte del proceso de selección porque la entrevistadora continuó hablándoles del puesto, de sus capacidades y de la posibilidad de empezar a trabajar al día siguiente.
Rechazó el empleo y terminó bloqueando a la entrevistadora
Cuando finalmente llegó a Valencia, Juds evitó dar la dirección exacta de su casa porque, según cuenta, la responsable le había generado miedo. Incluso su compañera de piso estaba preocupada porque había salido temprano y no había podido contactar con ella durante gran parte del día.
Al día siguiente, la entrevistadora le escribió para pedirle la documentación necesaria para preparar el contrato, pero la joven decidió rechazar la oferta. “Le dije que me había dado cuenta de que no valía para eso, que gracias por su tiempo, pero que no quería formar parte de su equipo”, explica, pero la responsable continuó enviándole mensajes de forma insistente hasta que terminó bloqueándola. “Me hizo una acribillada monumental. La tuve que bloquear”, sostiene.
Juds tenía unos 21 años cuando ocurrió y, con el paso del tiempo, reconoce que le sorprende haber aceptado desplazarse sin conocer el destino y participar durante tantas horas en aquella dinámica.
¿Hasta dónde puede llegar una prueba de selección?
La experiencia de Judith plantea la diferencia entre una prueba destinada a comprobar las habilidades de una candidata y la realización de tareas que generan un beneficio para la empresa. Según su relato, las participantes no se limitaron a observar o a realizar una simulación, sino que recorrieron comercios, ofrecieron servicios de telefonía y llegaron a conseguir contratos reales.
El artículo 1.1 del Estatuto de los Trabajadores considera que existe una relación laboral cuando una persona presta “voluntariamente sus servicios retribuidos por cuenta ajena y dentro del ámbito de organización y dirección de otra persona”. Además, el artículo 8.1 dicta que el contrato de trabajo “se presumirá existente entre todo el que presta un servicio por cuenta y dentro del ámbito de organización y dirección de otro y el que lo recibe a cambio de una retribución a aquel”.
Por tanto, si una supuesta entrevista consiste realmente en desarrollar durante horas las funciones habituales de un comercial, podría entenderse que existe trabajo efectivo y no una simple prueba de selección. El artículo 4.2.f del Estatuto de los Trabajadores reconoce el derecho a cobrar por el trabajo realizado. Por tanto, si se demostrara que aquella prueba fue en realidad una jornada laboral, Juds podría reclamar el salario de esas horas y las cotizaciones correspondientes a la Seguridad Social.
Asimismo, se debería haber tramitado el alta antes de que comience la prestación de servicios, tal y como establece el artículo 32.3.1 del Real Decreto 84/1996. No dar de alta a una persona que ya está trabajando constituye una infracción grave por cada empleado afectado, según el artículo 22.2 de la Ley sobre Infracciones y Sanciones en el Orden Social, con multas que pueden ir de 3.750 a 12.000 euros.
En el caso relatado por Juds, correspondería a la Inspección de Trabajo o, en su caso, a un juzgado determinar si aquella jornada fue realmente una prueba o si existió una prestación laboral encubierta. Antes de aceptar una dinámica similar, conviene pedir por escrito la duración, el lugar, las tareas y las condiciones, especialmente cuando se trata de atender clientes, vender productos o cerrar operaciones reales.

