El tomate, ese ingrediente indispensable que no falta en ningún hogar español, se ha convertido en el símbolo de una crisis que asfixia tanto al que produce como al que consume. Y es que, ahora, la brecha de precios ha alcanzado niveles que los agricultores califican de "indignantes": mientras en el supermercado el kilo puede rozar los 3 euros, a quien lo cultiva apenas se le paga 1 euro.
"El doble, el doble, el doble", repiten con frustración los agricultores en declaraciones a Antena 3 Noticias. La realidad es que llenar la cesta de la compra es hoy una actividad de riesgo para el bolsillo.
El tomate aumenta un 72% para cubrir gastos de producción
En las últimas veinte campañas, el precio del tomate en origen ha subido un 72,7%, pero este incremento no ha servido para enriquecer al campo, sino para intentar cubrir unos costes de producción disparados por los conflictos internacionales. Fertilizantes, combustibles y energía están por las nubes, obligando a muchos a producir prácticamente a pérdidas.
Para el consumidor, el golpe es aún más duro:
- Hace 20 años: El agricultor cobraba 0,55 €/kg y el cliente pagaba 1,11 €.
- En 2026: El agricultor ronda los 0,95 € - 1 €, pero el consumidor paga de media 2,27 €, superando los 3 € en variedades gourmet.
- Resultado: El precio se ha incrementado un 104,5% para las familias en las últimas dos décadas.
¿Dónde se queda el dinero?
La pregunta que se queda es siempre la misma: ¿por qué el consumidor termina pagando el triple de lo que percibe el agricultor? La explicación a este fenómeno no reside únicamente en un "beneficio limpio" para las grandes superficies, sino en una compleja cadena de eslabones que van sumando costes al producto final.
En primer lugar, la logística y la energía juegan un papel determinante; procesos críticos como el envasado, la refrigeración y el transporte se han visto gravemente afectados por el encarecimiento de la electricidad y el gasóleo. A esto se suman las mermas y el desperdicio, ya que el precio que vemos en el lineal incluye también el coste de aquellos ejemplares que se estropean o son descartados por no cumplir con los estándares estéticos exigidos por el mercado.
Por otro lado, la existencia de múltiples intermediarios, desde almacenes y mayoristas hasta los asentadores en las centrales de abasto, añade márgenes de beneficio en cada escala antes de llegar al punto de venta. Finalmente, el poder de negociación de la gran distribución marca la pauta; de hecho, informes recientes de COAG de mayo de 2026 alertan sobre una brecha creciente: los precios en el supermercado tienden a mantenerse en máximos históricos incluso en periodos en los que el valor en origen disminuye.
Consumidores “de pellizquito en pellizquito”
El cambio de hábitos es evidente. En las fruterías de barrio, el "deme tres kilos" ha sido sustituido por el "póngame dos o tres tomates". La gente ya no llena bolsas, compra lo justo para el día. "Antes hacías un gazpacho grande, ahora uno más pequeño", comentan los vendedores.
España, la "huerta de Europa", cuenta con más de 721.300 trabajadores directos en el sector agrario que ven con temor la falta de relevo generacional. Con una rentabilidad tan baja y una brecha que, en algunos productos, llega al 431% (el valor se multiplica por cinco desde la granja al súper), el futuro del campo español está en jaque.

