El mundo de la construcción no es para cualquiera y sino que se lo digan a Manuel, un albañil que declara que se levanta a las 5 de la mañana y llega a casa a las 10 de la noche. Es por el tema de los horarios y las largas jornadas,así como por la dureza que supone el trabajo en sí tanto físicamente como por estar a la intemperie, por lo que los jóvenes no quieren trabajar en este oficio y hay una gran falta de relevo generacional en el sector a día de hoy.
Faltan 700.000 albañiles en España y no es por casualidad. Muchos probaron el oficio en su momento y acabaron abandonándolo debido a la dureza que supone. Así lo recordó el escritor y colaborador televisivo Juan del Val en el programa El Hormiguero, donde contó con sinceridad lo difícil que se le hizo su primer día como peón de obra cuando apenas era un adolescente.
Una bienvenida marcada por el exceso de peso
Tal y como detalló en la entrevista, llegó al sector con 17 años tras no irle bien tampoco en los estudios. Su primera impresión de este trabajo tradicional fue de que iba a vivir malas condiciones en general. "En las obras nunca hace una temperatura agradable: o mucho frío o mucho calor. Y todo el sonido allí es metal, no es agradable", confesó el madrileño de 55 años.
Entonces, los encargados le dieron su primera tarea: transportar unas probetas de hormigón hacia una depuradora. Y es que cada una pesaba 25 kilos y tenía que llevar una en cada mano, cargando por tanto unos 50 kilos mientras iba andando por un terreno que estaba inestable.
Se cayó en una zanja y le dieron unas botas que no eran de su número
Pero esto no fue lo único que le pasó ni mucho menos lo peor tampoco, ya que después tuvo la mala suerte de ver una zanja que él creía que estaba seca, dar un paso sobre ella y acabar hundido hasta la cintura. "Según metí los pies, era m... de la depuradora", explicó Juan, recordando cómo la viscosidad del terreno lo atrapó por completo. Encima, por si fuera poco, nadie acudió a ayudarlo y acabaron limpiándolo con una manguera de agua fría mientras los demás obreros reían.
Este accidente no terminó con su fatídica jornada, ya que después vino otro problema con la ropa que tenía que usar. Le dieron un mono de trabajo salpicado de cemento y, al pedir calzado, recibió dos botas de goma para el pie izquierdo. "Es que las botas eran del 43 y yo tengo un 46", añadió, recordando cómo tuvo que trabajar sin calcetines para que le entraran a la fuerza. Por lo que admitió que aquella experiencia resultó absolutamente desoladora, aunque logró aguantar tres años más en el oficio.