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Doña Lola, la alumna de 92 años que volvió a estudiar: “Tenía que buscar la forma de que mi cabeza funcione bien y no se me pare”

La alumna más longeva de España acude a clase dos veces por semana y demuestra que nunca es tarde para aprender.

Doña Lola
Doña Lola, la alumna de 92 años que volvió a estudiar |'65YMÁS.COM' (Imagen retocada con IA por NoticiasTrabajo)
Icíar Carballo
Fecha de actualización:
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En España, los centros de educación de personas adultas se han consolidado en las últimas décadas como una vía para completar estudios pendientes y combatir el aislamiento social, especialmente entre la población mayor. Estos espacios, además, cumplen una función social clave, al ofrecer un entorno de convivencia en edades avanzadas.

Es el caso del CEPA Las Palmas (en Gran Canaria), que reúne a personas que no pudieron completar su formación en su momento y que buscan ahora una segunda oportunidad. Allí estudia Dolores Campos Brito, conocida como Doña Lola, que a sus 92 años asiste dos veces por semana a clase

Considerada por el propio centro como la alumna de mayor edad de la educación de adultos en España, su presencia se ha convertido en un referente dentro del aula, no tanto por su edad, sino por la constancia que mantiene desde que decidió retomar los estudios en 2012.

Para Lola nunca es tarde para aprender

“Yo en mi casa no podía estar sin hacer nada. Tenía que buscar la forma de que mi cabeza funcione bien y no se me pare”, explica en una entrevista para el diario ‘65YMÁS’ sobre una decisión que llegó muchos años después de haber abandonado la escuela siendo una niña, ya que con apenas ocho años dejó de ir a clase para cuidar de la hija de su madrina y atender a su madre enferma. Una interrupción que, como en muchos casos de su generación, nunca llegó a revertirse hasta bien entrada la edad adulta.

Pero el regreso a las aulas también ha traído consigo algunas dificultades. Doña Lola apenas conserva un 20% de visión en un ojo y ha perdido completamente la del otro. Por ello, las profesoras adaptan los materiales, leen los textos o trazan números con rotulador grueso, pero es su actitud la que marca el ritmo. “Desde el primer día decía que podía hacer todo. Y sigo haciéndolo”, asegura.

En el aula del Risco de San Nicolás, donde estudia Lola, el grupo está formado por entre 15 y 17 personas, con una media de edad en torno a los 60 años, donde actualmente no hay hombres. “Yo encuentro a los hombres machistas y, para que no se sepa si saben o no saben leer ni escribir, no van”, apunta, señalando que “muchos no vienen por vergüenza”.

Más allá de los contenidos académicos, el aula funciona como un espacio de apoyo mutuo. Las ausencias por enfermedad o fallecimiento son cada vez más frecuentes, pero el centro ha optado por mantener la actividad incluso con grupos reducidos. “Eso es de agradecer”, señala Lola, que destaca especialmente el trato del profesorado. “No discrimina a nadie aunque tengamos dificultades físicas”, afirma sobre el director, José Tacoronte.

Su historia, lejos de ser un caso aislado, ilustra el papel que desempeña la educación de adultos en una sociedad envejecida, no solo como formación, sino como un mecanismo de integración y bienestar. “Yo no pensé en la vida tener una cosa tan bonita. Que te quieran es bonito. Y poder hacer cosas aunque seamos mayores también”, concluye.