Avery, una jubilada de 60 años, tiene claro que la soledad y la falta de tutela durante su infancia en la década de los 70 han moldeado la personalidad de toda una generación. Lo que entonces se vendía como autonomía, hoy es considerado un trauma de abandono que impide a los mayores de hoy dejarse cuidar. "No estábamos aprendiendo independencia, sino supervivencia”, afirma la mujer, quien analiza por qué a su generación le cuesta tanto aceptar ayuda y mostrar vulnerabilidad ante sus propios hijos.
Avery creció como muchos niños de su época, con una llave pegada al cuello y una casa vacía al regresar del colegio. Durante décadas, estuvo convencida de que en su infancia aprendió a ser autosuficiente. Sin embargo, al cumplir los 60 años, una conversación con una psicóloga cambió su perspectiva: “No eras independiente, fuiste abandonada”.
“Entendí que no éramos libres, sino que no estábamos supervisados”
Esta revelación explica por qué tantos adultos de su edad luchan hoy contra una ansiedad crónica y una necesidad patológica de control, así lo confiesa en Vegotmag. “Crecí en la década de 1970 y lo que no entendí hasta ahora es que no éramos libres, simplemente no estábamos supervisados”, explica Averyl.
Esa distinción es la clave para entender a los adultos en los que se convirtieron. Al entrar en una casa vacía a tan corta edad, un niño no desarrolla libertad, sino hipervigilancia. “Cualquier ruido podía ser peligroso. Aprendes a ser ‘maduro para tu edad’ porque no hay otra opción”, confiesa.
“Cuando me ofrecen ayuda, digo que puedo sola”
Muchos jubilados de hoy en día llevan sus historias infantiles en su espalda. Haber aprendido a cocinar a los nueve años o a gestionar emergencias sin adultos se condiera una auténtica medalla de honor. Sin embargo, los expertos señalan que este exceso de responsabilidad temprana tiene un coste emocional que se deja ver a lo largo de los años.
El psicólogo Bruce Perry destaca que “los niños necesitan sentirse seguros para desarrollarse adecuadamente”, no solo físicamente, sino emocionalmente. Por su parte, Avery reconoce que esa supuesta resiliencia es, en realidad, una barrera: “Cuando estoy enferma, lo minimizo. Cuando alguien me ofrece ayuda, mi respuesta automática es ‘estoy bien, puedo con esto'”, dice. Se trata del patrón de conducta de quien aprendió que necesitar algo solo conducía a la decepción.
“Somos pésimos para recibir amor”
Ahora, esta autonomía tan extrema ha llegado a pasar factura en las relaciones familiares de aquellos niños. Muchos hijos de la generación de Avery quieren cuidar a sus padres, pero se encuentran con que ellos no quieren ser cuidados.
“Recibir nos hace sentir vulnerables, débiles”, confiesa la jubilada. Esta resistencia deja ver que se trata de personas que controlan minuciosamente su entorno y horarios para evitar problemas y caos, pero que se sienten internamente fuera de control.
“He visto cómo este patrón destruye relaciones”, explica la mujer. Los padres que están en la tercera edad insisten en no ser una carga, rechazando así la interdependencia que es, en realidad, la base de una relación sana.
“Los niños ahora reciben lo que necesitan: un adulto a su lado"
A pesar del pasado, Avery cree que es posible cambiar la situación. Reconocer que aquella infancia no fue “ideal”, es el primer paso para sanar. “Los niños de hoy, con su supervisión constante, están recibiendo lo que necesitan: la presencia de un adulto”, reflexiona.
Para ella, el reto de las nuevas generaciones es aprender a ser esa presencia constante para que en un futuro puedan aceptar los cuidados de los demás.

