La psicología desmonta el mito: los niños de los 60 y 70 no respetaban tanto a los mayores por educación, sino por la rígida jerarquía de la época

Muchas conductas asociadas al “respeto” en generaciones anteriores estaban más relacionadas con normas rígidas, control adulto y miedo a cuestionar la autoridad que con una mayor educación emocional.

Un grupo de niños en la calle |Envato
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Existe una idea muy extendida sobre los niños criados en las décadas de 1960 y 1970, y es que respetaban más a los adultos. La imagen suele asociarse a obediencia inmediata, menos respuestas y una autoridad que rara vez se discutía. Sin embargo, la psicología lleva décadas analizando este fenómeno desde otra perspectiva. 

Lo que muchas veces se recuerda como respeto podía estar más relacionado con el tipo de estructura familiar y social dominante en aquella época, es decir, modelos más verticales, normas rígidas y una autoridad adulta mucho menos cuestionada.

En ese contexto, contestar a un adulto o discutir una orden no se veía solo como una falta de educación, sino como una ruptura del orden establecido. La familia, la escuela y la sociedad funcionaban con una jerarquía más marcada, y los niños aprendían pronto que obedecer era una forma de evitar castigos, desaprobación o conflicto.

Lo que realmente dicen los estudios sobre la crianza autoritaria

Una de las referencias clásicas para entender este fenómeno es el estudio de Diana Baumrind, Effects of Authoritative Parental Control on Child Behavior. En este trabajo, Baumrind distinguió entre distintos estilos parentales y describió el modelo autoritario como aquel que valora la obediencia, limita la autonomía del niño y no favorece el intercambio verbal entre padres e hijos.

Esta idea también aparece en su investigación posterior, Child Care Practices Anteceding Three Patterns of Preschool Behavior, donde analizó cómo las prácticas de crianza se relacionaban con diferentes patrones de conducta infantil. En estos trabajos, la obediencia aparece como un rasgo asociado a estilos de crianza más controladores, no necesariamente como señal de una comprensión más profunda del respeto.

La diferencia es importante, y es que un niño puede obedecer porque entiende una norma, pero también puede obedecer porque teme las consecuencias de no hacerlo. En las décadas de los 60 y 70, muchos hogares y escuelas funcionaban bajo una lógica mucho más cercana a esta segunda opción.

Cómo funcionaba la jerarquía en la vida cotidiana

En la vida cotidiana, esa jerarquía se traducía en frases, normas y hábitos muy reconocibles como “porque lo digo yo”, “a los mayores no se les contesta” o “los niños callan cuando hablan los adultos”. Estas no eran simples expresiones, sino que  formaban parte de una forma de entender la autoridad.

La obediencia se consideraba una virtud y no se esperaba que el niño negociara, explicara su punto de vista o participara en la toma de decisiones, simplemente se esperaba que acatara.

El modelo de Baumrind ayuda a entender este contexto porque describe precisamente una crianza donde el adulto intenta moldear y controlar la conducta infantil de acuerdo con normas establecidas, dando poco espacio al cuestionamiento. No era necesariamente una crianza sin afecto, pero sí una crianza donde la autoridad pesaba más que el diálogo.

Esa diferencia explica por qué muchas conductas que hoy se recuerdan como “más respeto” podían ser, en realidad, más obediencia y menos margen para expresar desacuerdo.

Por qué obedecer no siempre significa respetar

La psicología social también ha estudiado cómo actúan las personas ante figuras de autoridad. Uno de los experimentos más conocidos es el de Stanley Milgram, Behavioral Study of Obedience, publicado en 1963 en The Journal of Abnormal and Social Psychology. Su investigación mostró hasta qué punto las personas pueden obedecer órdenes cuando perciben una autoridad legítima, incluso en situaciones que les generan tensión o incomodidad.

Aunque el estudio de Milgram no trataba sobre crianza infantil, sí ayuda a entender que la obediencia no siempre nace de la convicción o el respeto, sino de la presión que ejerce una estructura jerárquica.

Aplicado al ámbito familiar y escolar, esto permite matizar el relato generacional. Muchos niños de los 60 y 70 no necesariamente “respetaban más” en el sentido actual de reconocimiento mutuo, sino que crecían en un sistema donde cuestionar la autoridad era mucho menos aceptado.

Lo que ha cambiado con los nuevos modelos de crianza

Con el paso de las décadas, la crianza ha evolucionado hacia modelos más dialogantes. Hoy se habla más de validar emociones, explicar normas y combinar límites con comunicación. Esto no significa que antes no existieran valores ni que ahora no existan problemas de autoridad, sino que ha cambiado la forma de entender la relación entre adultos y niños.

El artículo de Nancy Darling y Laurence Steinberg, Parenting Style as Context: An Integrative Model, publicado en Psychological Bulletin, explica precisamente que los estilos parentales no solo dependen de normas concretas, sino del clima emocional en el que esas normas se aplican. Es decir, no es lo mismo poner límites desde el diálogo que imponerlos desde una jerarquía rígida.

Esta distinción ayuda a entender por qué la comparación entre generaciones puede ser engañosa. Los niños actuales pueden cuestionar más, hablar más y expresar más desacuerdo, pero eso no implica necesariamente menos educación. Puede reflejar un modelo familiar donde se permite más expresión individual.

¿Qué pueden aprender las familias de esto sin idealizar el pasado?

Los estudios no sugieren que toda autoridad sea negativa ni que los niños no necesiten límites. Al contrario, la investigación sobre crianza muestra que los niños necesitan normas claras, referentes adultos y estructura.

La diferencia está en cómo se ejerce esa autoridad, y es que cuando el respeto se basa solo en el miedo o en la imposición, puede generar obediencia inmediata, pero no necesariamente comprensión, autonomía o seguridad emocional.

La psicología apunta a que muchas conductas que hoy se recuerdan como señales de mayor respeto en los niños de los 60 y 70 estaban profundamente condicionadas por una época más jerárquica, donde cuestionar a un adulto tenía consecuencias sociales y familiares mucho más fuertes.

Por eso, más que afirmar que antes los niños estaban “mejor educados”, la investigación invita a mirar el contexto completo, que eran niños criados en un sistema donde obedecer era obligatorio y donde el respeto se confundía, muchas veces, con no atreverse a responder.

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