Actualmente es muy habitual ver como los niños se calman casi de forma inmediata al recibir un móvil o una tablet, una solución que puede parecer eficaz para detener sus rabietas. Sin embargo, lo que a corto plazo funciona puede estar evitando algo importante a largo plazo, y es que la evidencia más reciente apunta a que el uso temprano de pantallas se asocia con más enfado y frustración en preescolares, y a que el contexto de uso de las pantallas importa tanto como el tiempo total de exposición.
Durante los primeros años de vida, los niños no nacen sabiendo gestionar lo que sienten. La frustración, el enfado o la tristeza forman parte de su desarrollo, y aprender a manejarlos requiere práctica. Esa práctica suele darse en momentos incómodos, como cuando algo no sale bien, cuando tienen que esperar o cuando no consiguen lo que quieren. El problema aparece cuando esos momentos se sustituyen de forma constante por una solución inmediata. En este caso, la pantalla.
Un estudio longitudinal publicado en JAMA Pediatrics sobre el uso de tabletas y los estallidos de ira en la primera infancia observó que los niños con mayor exposición a tabletas en edades tempranas mostraban, con el paso del tiempo, más dificultades para controlar el enfado y la frustración. La investigación no habla de una causa única ni absoluta, pero sí de un patrón claro, que cuanto más se recurre a estos estímulos, menos oportunidades tienen los niños de desarrollar su propia regulación emocional.
Lo que realmente ocurre cuando se usan pantallas para calmar
El debate sobre las pantallas no se centra solo en cuánto tiempo se utilizan, sino en cómo y para qué, ya que no es lo mismo ver un contenido de forma puntual que usar el dispositivo como herramienta habitual para calmar una rabieta o evitar un conflicto.
Otra investigación, también publicada en JAMA Pediatrics como revisión sistemática y metaanálisis sobre contexto de uso de pantallas en la primera etapa de la infancia, encontró que un mayor visionado de programas, la exposición a contenido no apropiado para la edad y el uso de pantallas por parte de los cuidadores se asocian con peores resultados psicosociales, mientras que el uso compartido con adultos se relaciona con mejores resultados cognitivos. Es decir, no es solo lo que se añade, sino también lo que se deja de hacer y cómo se acompaña ese consumo.
En la misma línea, una revisión científica disponible en PubMed Central sobre los efectos del exceso de pantallas en el desarrollo infantil concluye que el uso excesivo de pantallas se asocia con dificultades en el desarrollo cognitivo, lingüístico y socioemocional, en parte porque reduce el tiempo que los niños pasan interactuando con su entorno y aprendiendo de él.
Por qué la autorregulación es la clave
Cuando se habla de rabietas, muchas veces se piensa en el carácter del niño, sin embargo, la psicología lleva tiempo señalando que detrás de estos comportamientos hay una habilidad en desarrollo, la autorregulación. Se trata de la capacidad de calmarse, controlar impulsos y adaptarse a situaciones que generan incomodidad, y no se aprende con explicaciones, sino con experiencia.
Cuando un niño se enfrenta a una frustración y consigue superarla, aunque sea con ayuda, está entrenando esa habilidad. Cuando la situación se resuelve de forma inmediata con un estímulo externo, ese aprendizaje no llega a producirse.
De hecho, otro estudio publicado en JAMA Pediatrics sobre tiempo de pantalla y conversación entre padres e hijos entre los 12 y los 36 meses mostró que una mayor exposición a pantallas se asocia longitudinalmente con menos palabras adultas, menos vocalizaciones infantiles y menos turnos conversacionales, es decir, menos interacción verbal y emocional en una etapa clave para el aprendizaje.
No es solo el carácter
Las rabietas forman parte del desarrollo infantil y no tienen una única causa, el temperamento influye, pero no lo explica todo. La evidencia científica sugiere que el entorno tiene un peso importante. Cuando los niños se acostumbran a calmarse con estímulos externos como las pantallas, pueden tener más dificultades para desarrollar herramientas propias.
Esto no significa que todos los niños que usan pantallas vayan a tener problemas, pero sí que el uso habitual en estos momentos clave puede influir en cómo aprenden a gestionar lo que sienten. El propio estudio sobre tabletas y enfado en preescolares examinó además la posibilidad de una relación bidireccional, es decir, que más uso de pantalla y más desregulación emocional puedan reforzarse mutuamente.
Si quieres reforzar todavía más esta parte, puedes añadir otro estudio clásico publicado en JAMA Pediatrics sobre asociación entre tiempo de pantalla y desarrollo infantil, que encontró que mayores niveles de pantalla a los 24 y 36 meses se asociaban con peores resultados en pruebas de desarrollo a los 36 y 60 meses.
¿Qué pueden aprender los padres de esto?
La investigación no plantea eliminar las pantallas por completo, sino prestar atención al papel que ocupan en el día a día, se hace hincapié en que el problema no es el dispositivo en sí, sino cuándo y cómo se utiliza.
Los expertos coinciden en que los niños necesitan experimentar pequeñas frustraciones para aprender a gestionarlas. Esto implica acompañar sin intervenir siempre de forma inmediata, permitiendo que el niño intente calmarse, se equivoque y vuelva a intentarlo.
La psicología apunta a una idea clara, que es que aprender a gestionar las emociones no es algo automático, sino una habilidad que se construye con el tiempo. Y esa construcción empieza, precisamente, en los momentos en los que las pantallas resultan más tentadoras.