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Crecer con poco: por qué la generación del baby boom son tan “duros” y qué tenemos que aprender de ellos

Las personas nacidas entre 1946 y 1964 están hechas de otra pasta, o al menos eso parece al ver las vidas que han llevado.

un niño pequeño con un perro y un pato
Crecer con poco: por qué la generación del baby boom son tan “duros” y qué tenemos que aprender de ellos |Getty Images
Antonio Montoya
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No teníamos nada, pero éramos felices”. Es una frase que muchas personas de la generación del baby boom han repetido alguna vez al hablar de su infancia. A veces suena a nostalgia, otras a reproche hacia las generaciones actuales. Pero detrás de esa idea hay algo más profundo: una forma de entender la vida marcada por la escasez, la paciencia, la creatividad y la capacidad de resistir ante las dificultades.

Los baby boomers crecieron en una época en la que muchas familias tenían recursos limitados. La ropa se remendaba, los juguetes se compartían, las vacaciones eran un lujo y el consumo no ocupaba el lugar central que tiene hoy. No se trataba de vivir con menos por moda, sino por necesidad.

Eso no significa que todo fuera mejor antes. También hubo carencias, silencios emocionales y dificultades que no deben idealizarse. Sin embargo, aquella forma de vida hizo que muchas personas desarrollaran habilidades que hoy vuelven a ser especialmente valiosas.

Menos cosas, más imaginación

Muchos niños de aquella generación pasaban horas jugando en la calle o al aire libre, sin dispositivos electrónicos, sin juguetes caros y sin una agenda llena de actividades organizadas. El aburrimiento formaba parte de la infancia, pero precisamente de ahí nacía buena parte de la creatividad.

Una caja podía convertirse en un castillo, unas ramas en espadas y cualquier descampado en el escenario de una aventura. Cuando no se tiene todo a mano, se aprende a improvisar.

Hoy ocurre con frecuencia lo contrario. Muchos niños crecen rodeados de estímulos, pantallas, juguetes, actividades extraescolares y soluciones inmediatas. La comodidad no es negativa por sí misma, pero sí puede tener una consecuencia: se practica menos la espera, la frustración y la capacidad de resolver problemas sin ayuda inmediata.

Aprender a aburrirse, a inventar juegos o a buscar alternativas también forma parte del desarrollo.

Perseverar cuando las cosas se complican

Una de las enseñanzas más repetidas en la infancia de muchos baby boomers era que había que “seguir adelante”. Esta mentalidad tuvo aspectos negativos, porque en muchas casas no se hablaba de emociones, los problemas se ocultaban y pedir ayuda no siempre estaba bien visto.

Pero, al mismo tiempo, esa forma de afrontar la vida también fomentó una cualidad importante: la perseverancia.

Antes se reparaban más las cosas en lugar de tirarlas. Los objetos duraban más, los problemas se intentaban resolver y no todo se sustituía al primer fallo. Esa actitud también se trasladaba a otros ámbitos de la vida: el trabajo, las relaciones o los proyectos personales.

Hoy vivimos en una sociedad donde casi todo parece más intercambiable: los productos, los vínculos, los hábitos e incluso las trayectorias profesionales. Esto aporta libertad, pero también puede generar más inseguridad. La resiliencia no suele desarrollarse cuando todo va bien, sino cuando una persona descubre que puede atravesar un momento difícil y salir adelante.

La importancia de la comunidad

Otra de las grandes diferencias con la actualidad es el papel que tenía la comunidad. Quienes tenían menos recursos dependían más de los demás. Los vecinos se ayudaban, las familias extensas estaban más presentes y los niños de distintas edades jugaban juntos.

La comunidad no era un complemento, sino una parte esencial de la vida cotidiana.

Esa red de apoyo también fortalece la resiliencia. Sentir que uno no está solo ayuda a afrontar mejor los problemas, el estrés y la incertidumbre. No siempre es el dinero lo que protege frente a las dificultades, sino la sensación de contar con alguien.

Paradójicamente, hoy estamos más conectados que nunca a través de la tecnología, pero muchas personas se sienten más solas. Por eso, mirar al pasado puede servir como recordatorio: las relaciones reales, la ayuda mutua y el sentido de pertenencia siguen siendo fundamentales.

Resiliencia no significa aguantarlo todo en silencio

Conviene hacer una aclaración importante: ser resiliente no significa soportarlo todo sin quejarse. Muchas personas de generaciones anteriores tuvieron que aparentar fortaleza porque no existían los mismos espacios para hablar de salud mental, emociones o vulnerabilidad.

Por eso, no se trata de glorificar la dureza ni de decir que las generaciones actuales son más débiles. La clave está en distinguir entre la fortaleza útil y el sufrimiento silenciado.

De aquella época se pueden rescatar habilidades valiosas, como:

  • Saber conformarse con poco
  • Resolver problemas de forma creativa
  • Asumir responsabilidades
  • Mantener vínculos sólidos
  • Pensar a largo plazo
  • No rendirse ante el primer obstáculo.

Pero esas capacidades no deberían estar reñidas con algo que hoy se valora más: hablar de lo que nos pasa, pedir ayuda y cuidar la salud emocional.

Qué pueden aprender las familias actuales

Los niños no necesitan una infancia perfecta para hacerse fuertes. Lo que necesitan es crecer en un entorno seguro, con confianza, afecto y oportunidades para enfrentarse a pequeños desafíos.

Esto puede empezar con gestos sencillos. No resolver todos los conflictos de inmediato, permitir momentos de aburrimiento, dar responsabilidades acordes a la edad, enseñar a reparar en lugar de reemplazar o mostrar que equivocarse forma parte de la vida.

Proteger a los niños no significa evitarles cualquier dificultad, sino acompañarlos para que aprendan a superarlas.

Si nunca se enfrentan a la frustración, les costará gestionarla. Si nunca tienen responsabilidades, les costará asumirlas. Y si siempre reciben una solución inmediata, será más difícil que desarrollen autonomía.

Lo mejor de antes y de ahora

La generación del baby boom aprendió a sacar mucho de muy poco. No siempre por elección, sino porque las circunstancias les obligaron a hacerlo. Aquella infancia fomentó en muchos casos el pragmatismo, la paciencia y una forma distinta de relacionarse con el consumo y los problemas.

Pero también es cierto que la escasez, las dificultades económicas y la falta de apoyo emocional dejaron huella. Por eso, la lección no consiste en volver al pasado ni en idealizarlo.

La verdadera enseñanza está en combinar lo mejor de ambas épocas: la seguridad emocional que hoy se intenta ofrecer a los niños con la capacidad de esfuerzo, paciencia y resiliencia que caracterizó a muchas generaciones anteriores.

En un mundo marcado por la inmediatez, recuperar algunas de esas habilidades puede ser más necesario que nunca. Porque crecer fuerte no significa no caer nunca, sino aprender que, incluso en los momentos difíciles, es posible seguir adelante paso a paso y con el apoyo de quienes nos rodean.

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