Gerry Marcos, un restaurador jubilado de más de 60 años, reflexiona sobre cómo la dureza y falta de supervisión de su infancia han moldeado la identidad de su generación. Lo que tradicionalmente se ha reivindicado como una escuela de resiliencia (crecer sin cinturones de seguridad, sin cascos y sin adultos que preguntaran por los sentimientos), es hoy una “gran tolerancia a cosas que nadie debería haber soportado”.
Gerry analiza en vegoutmag, por qué a su generación le cuesta tanto procesar el dolor: “Confundimos la insensibilidad con la fortaleza”, afirma mientras disecciona el impacto de haber crecido bajo la ley de la autosuficiencia extrema.
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“Aprendimos que los sentimientos eran lujos”
Tal y como comenta, creció en una época donde los niños eran, en sus propias palabras, como “bolsas de la compra sueltas” en la parte trasera de los coches. Durante décadas, recordó su niñez con un orgullo inigualable, pero a los 60 años comprendió que esa supuesta libertad era, en realidad, una forma de negligencia aceptada. “Aprendimos que los sentimientos eran lujos que no podíamos permitirnos”, explica.
“Crecí en los años 70 sin un solo adulto que me preguntara cómo me sentía”, añade. Esa ausencia de validación convirtió el “estoy bien” en una respuesta automática para todo, desde una caída en bicicleta hasta las crisis que tuvo a lo largo de su vida.
Para él, la diferencia era simple: no se trataba de independencia, sino de supervivencia. “El niño que aprendió a enyesarse un dedo roto, se sentiría impresionado por el adulto que aprendió a admitir sus dolencias”.
“Los niños creían que no merecían ser felicitados a menos que ganaran algo”
Muchos jubilados de hoy en día defienden que la ausencia de "trofeos de participación" y de vigilancia constante les hizo más fuertes. Sin embargo, Gerry señala que esta falta de reconocimiento emocional causó que aprender que la valía personal dependía exclusivamente del éxito. "Sin trofeos, algunos niños no aprendieron resiliencia. Aprendieron que no merecían ser celebrados a menos que ganaran".
Esta mentalidad creó adultos altamente funcionales pero incapaces de pedir ayuda. El sociólogo y experto en dinámicas familiares, analizando casos similares, apunta que esta generación "sustituyó el lenguaje de la emoción por el lenguaje de la acción". Si algo iba mal, la respuesta era trabajar más, construir algo o arreglar un coche, porque enfrentarse a la vulnerabilidad resultaba "embarazoso".
“Las cosas duras tienden a romperse”
Esta armadura de autosuficiencia suele fallar cuando la vida asesta golpes que la negación no puede cubrir. Gerry lo vivió a los treinta años con su divorcio: "Los mecanismos de defensa que me habían servido (negación y distracción) de repente ya no eran suficientes". Es la paradoja de una generación que puede construir una casa con sus manos pero se siente "inepta" al explicar qué siente.
"Somos una generación de adultos capaces de sobrevivir a cualquier cosa, excepto a su propia vida interior", confiesa el hombre. El patrón de "no querer ser una carga" o de minimizar el sufrimiento físico y mental es, en realidad, una consecuencia de haber aprendido que necesitar consuelo era una debilidad.