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Nikola Tesla, inventor: “Uno debe estar cuerdo para pensar con claridad, pero uno puede pensar profundamente y estar completamente loco”

La frase intenta decir que no siempre piensa mejor quien piensa más, sino quien sabe ordenar lo que piensa.

el inventor nikola tesla
Nikola Tesla, inventor: “Uno debe estar cuerdo para pensar con claridad, pero uno puede pensar profundamente y estar completamente loco” |Archivo
Antonio Montoya
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Nikola Tesla tenía una frase perfecta para explicar su propia vida: “Uno debe estar cuerdo para pensar con claridad, pero uno puede pensar profundamente y estar completamente loco”. En algunas recopilaciones aparece acompañada de otra frase que deja aún más clara la misma idea, que no es otra que  “los científicos de hoy piensan profundamente en lugar de claramente”. La idea principal que intenta transmitir esta frase es que una mente puede llegar muy lejos y, aun así, perderse si no tiene método, calma y dirección.

Tesla encaja en esa tensión porque fue muchas cosas a la vez: inventor brillante, trabajador obsesivo, visionario adelantado y personaje difícil de encajar en una vida normal. No se le recuerda por haber tenido una existencia cómoda, sino por haber vivido casi siempre en los bordes: entre la electricidad y el espectáculo, entre la ciencia y la intuición, entre el reconocimiento y la soledad.

Su gran diferencia no estaba solo en lo que pensaba, sino en cómo lo pensaba. En su autobiografía, My Inventions, Tesla describió una mente muy visual, capaz de imaginar máquinas, corregirlas mentalmente y probarlas antes de construirlas. Ese detalle ayuda a entender por qué para él la claridad no era una palabra bonita, sino una herramienta de trabajo. Pensar claro era poder ver una pieza, un fallo, una consecuencia. Pensar profundo, en cambio, podía ser otra cosa: bajar tanto al fondo de una idea que los demás ya no entendieran si aquello era genialidad o delirio.

Pensar profundo no siempre es pensar mejor

La frase tiene fuerza porque rompe una confusión habitual. Muchas veces se identifica la profundidad con la inteligencia, como si una idea complicada fuera automáticamente una idea valiosa. Tesla parece decir lo contrario: se puede pensar mucho, incluso de forma intensa, y no llegar a ningún sitio. También se puede tener una mente brillante y convertirla en una habitación llena de ruido.

La claridad exige otra cosa. Exige separar lo importante de lo accesorio, convertir una intuición en algo útil, bajar una idea del cielo a la mesa de trabajo. En Tesla, esa diferencia se ve muy bien. No bastaba con imaginar un futuro lleno de energía inalámbrica o comunicación a distancia. Había que construir motores, sistemas eléctricos, bobinas, patentes, demostraciones. Había que hacer que la idea funcionara.

Por eso la frase no debería leerse como una romantización de la inestabilidad. No está diciendo que haya que estar “loco” para ser creativo. Más bien recuerda que el pensamiento profundo, cuando no se acompaña de claridad, puede convertirse en una forma de perderse. Y eso le puede pasar a un científico, a un artista, a un estudiante o a cualquiera que le dé demasiadas vueltas a algo sin encontrar una salida.

La parte humana de Tesla: una mente brillante, pero no una vida fácil

Tesla nació en 1856 en Smiljan, en el entonces Imperio austrohúngaro, y terminó convertido en uno de los nombres fundamentales de la historia de la electricidad. Su trabajo con la corriente alterna, el motor de inducción y los sistemas de transmisión eléctrica lo colocó en el centro del mundo moderno. Sin embargo, su vida personal fue mucho menos luminosa que sus inventos.

También fue un hombre lleno de manías, rutinas estrictas y miedos. Él mismo contó que desde joven tenía una imaginación tan viva que, a veces, las imágenes mentales se imponían con una fuerza incómoda. Esa capacidad, que pudo haber sido una carga, acabó siendo parte de su método creativo. Ahí aparece la contradicción: lo que en otra persona habría sido solo una rareza, en Tesla terminó convertido en una herramienta para inventar.

Uno de los ejemplos más llamativos de su visión fue el barco teledirigido por radio que presentó en 1898 en el Madison Square Garden. Para muchos asistentes aquello parecía magia: una embarcación moviéndose sin cables y obedeciendo órdenes a distancia. Hoy se entiende como un antecedente de tecnologías como el control remoto, la robótica o los drones, pero en su momento era una idea casi incomprensible.