Aunque España mantiene atascada la reducción de la jornada laboral a 37,5 horas semanales, Tokio ha activado en abril de 2025 una jornada laboral de cuatro días para sus 160.000 empleados públicos. La medida la impulsa la gobernadora Yuriko Koike y persigue un doble objetivo, atacar el karoshi o muerte por exceso de trabajo y revertir la peor crisis demográfica del país en su historia reciente, con una tasa de fertilidad nacional desplomada hasta los 1,15 hijos por mujer en 2024 y un nuevo mínimo de 0,96 en la propia capital.
El proyecto se aplica bajo el modelo “cuatro adentro, tres afuera” y se enmarca en el plan de reforma aprobado por la Asamblea Metropolitana de Tokio. Los funcionarios disponen de tres días libres semanales sin pérdida de salario, aunque deben cumplir las 155 horas mensuales redistribuidas en cuatro jornadas más extensas, de 9:00 a 20:00 horas. La reforma se complementa con una “licencia parcial por crianza” que permite reducir hasta dos horas diarias a padres con hijos hasta tercero de primaria y con guardería gratuita para preescolar desde septiembre.
La jornada de cuatro días busca frenar el karoshi y reactivar la natalidad
La medida tokiota se sustenta sobre dos diagnósticos demoledores. El primero, el del karoshi, reconocido como enfermedad laboral por el Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar japonés desde 1987. Los criterios oficiales consideran karoshi la muerte súbita de cualquier empleado que trabaje una media superior a 65 horas semanales durante más de un mes. En 2015 el Ministerio cifró en 2.310 las muertes oficiales, aunque las asociaciones de víctimas elevan la cifra real a las 10.000 anuales. La Organización Mundial de la Salud confirma el problema y afirma que trabajar más de 55 horas semanales aumenta un 35% el riesgo de ictus y un 17% el de cardiopatía isquémica.
El segundo diagnóstico es la emergencia demográfica. Japón registró 686.061 nacimientos de ciudadanos japoneses en 2024, la cifra más baja desde 1899, y la tasa de fertilidad cayó al 1,15. El primer ministro Shigeru Ishiba la calificó de “emergencia silenciosa”. La gobernadora Koike defendió la reforma con un argumento directo, “seguiremos revisando los estilos de trabajo para garantizar que las mujeres no tengan que sacrificar sus carreras debido a acontecimientos como el parto o la crianza de los hijos”. El éxito local ha generado efecto cascada y las prefecturas de Ibaraki y Chiba ya aplican fórmulas similares, mientras Miyagi lo hará en el año fiscal 2026.
Los contras del modelo japonés y el espejo para España
El modelo tokiota presenta limitaciones que distintos analistas han subrayado. La principal es que no reduce las horas totales de trabajo, sino que las redistribuye, lo que aleja la fórmula del modelo 100-80-100 aplicado en Alemania, Reino Unido o Valencia. Las jornadas se alargan hasta las once horas diarias y los críticos advierten del riesgo de comprimir la misma carga laboral en menos días, una crítica idéntica a la que recibió el fracasado modelo belga.
Los expertos demográficos también dudan del impacto real sobre la natalidad. Los nacimientos siguieron cayendo en 2025 hasta los 705.809, lo que evidencia que la jornada reducida es insuficiente sin reformas estructurales adicionales. Las pruebas previas impulsadas por el gobierno central japonés tuvieron escasa aceptación y son las políticas locales y regionales las que están avanzando donde la administración nacional no llega.
El paralelismo con España es incómodo. Mientras Japón rectifica cinco décadas de cultura del karoshi, el Congreso español tumbó en 2025 la reducción a 37,5 horas y la jornada media española sigue por encima de la de buena parte de Europa. Según el Estudio de Bienestar y Salud Laboral de Edenred y Savia, el 86% de la Generación Z española respalda la jornada de cuatro días y el 21,4% la aceptaría aunque afectara al salario. España afronta además su propia bomba demográfica con 1,12 hijos por mujer, también por debajo del umbral de reemplazo, y un debate parlamentario paralizado.

