La jubilación es un momento muy esperado para la mayoría de personas. Ese periodo en el que, por fin, se puede descansar y hacer todo aquello que no se pudo por el trabajo. Una libertad que, en algunos casos, también puede ser abrumadora. Así lo explica Farley Ledgerwood, un hombre de 65 años que está encarando su retiro laboral.
“Durante 40 años creí que la jubilación sería un alivio; en cambio, siento que por fin tengo permiso para convertirme en la persona que no pude ser por estar demasiado ocupada, y esa libertad me resulta aterradora y estimulante a partes iguales”, resume a la perfección, en primera persona, para ‘The Expert Editor’.
Ledgerwood explica que la jubilación es “como estar al borde de una piscina por la que has pasado durante 35 años, tener por fin tiempo para tirarte al agua y darte cuenta de repente de que no estás seguro de si sabes nadar”. Así, indica que siempre pensó que toda la presión y miedos que sentía se irían al jubilarse, pero que lo que se ha encontrado es una crisis de identidad que debe resolver, tras años donde la rutina, e incluso la personalidad, se ha forjado en torno al trabajo.
De hecho, confiesa que, los primeros meses, seguía despertándose a las 5:45 horas de la mañana y se sentaba en la cocina “completamente perdido”. “No tenía correos que revisar. No había reuniones que preparar. No había problemas que requirieran mi atención inmediata”, agrega, señalando que más que “el paraíso”, para él fue “una caída libre”.
“El trabajo te da la excusa perfecta para evitar convertirte en quien realmente podrías ser”
Ledgerwood reconoce que, al principio de su jubilación, estaba tratando de “escapar de la incomodidad”. “Esto es lo curioso del trabajo: te da la excusa perfecta para evitar convertirte en quien realmente podrías ser. Demasiado ocupado para ese curso de fotografía. No tengo tiempo para aprender español. Es imposible que empiece esa novela. El trabajo se convierte en un escudo contra la vulnerabilidad que supone intentar algo nuevo y, posiblemente, fracasar”, afirma rotundo.
En cambio, “la jubilación te deja sin ese escudo. De repente, tienes todo el tiempo del mundo y todas las excusas se esfuman”. Es libertad, reitera Ledgerwood, asusta, al igual que te hace darte cuenta de que no estás seguro de lo que realmente quieres, después de años donde las necesidad familiares o laborales estaban por encima de todo los demás.
Tal así, que explica que cada mañana “se presenta como un lienzo en blanco”, y algunos días, sigue quedándose paralizado.
Tristeza por el tiempo perdido
Aunque, tras la jubilación, se tenga todo el tiempo del mundo, este jubilado señala que se siente cierta tristeza por el tiempo perdido: los partidos que no viste bien porque estabas contestando llamadas, las funciones escolares a las que no fuiste… Lo que le hizo pasar por una mala racha de 6 meses: “Era dolor, puro y simple. Dolor por el tiempo que había desperdiciado, por los momentos que había considerado menos importantes que cualquier reunión o plazo que me pareciera crucial en aquel momento”.
Ledgerwood sabe que no puede cambiar el pasado, pero sí escribir su futuro. De ese modo, ese miedo por la “libertad” que ofrece la jubilación se ha convertido “en algo emocionante”. “Ocurre poco a poco, y luego, de repente. Un día te despiertas y te das cuenta de que ya no intentas llenar el tiempo. Lo estás creando”, expresa.
En su caso, se entregó a la escritura. Primero con un diario y después con un blog y colaborando en artículos. “No se trata solo de encontrar una nueva actividad. Se trata de descubrir partes de uno mismo que estaban dormidas”, advierte, afirmando que, hoy por hoy, se siente más “él” que a los 35 o 45 años.
Además de la escritura se ha apuntado a un curso de acuarela, aunque se le da mal, manifestando que el estar jubilado te permite “probar cosas por el simple placer de hacerlo, fracasar para aprender de los errores y dejarlo sin sentir que estás renunciando a tu futuro”.