La crisis de la vivienda está provocando que cada vez más personas caigan en el sinhogarismo. Un problema que ya no solo afecta a los más jóvenes, sino a todos los grupos de edad, motivado principalmente por la escasez de vivienda pública y el alto precio de los alquileres y de compra, además de que se está produciendo también un endurecimiento de los requisitos por parte de los caseros.
El problema, al contrario de lo que se podría pensar, está afectando también incluso a las personas trabajadoras. Así lo recordó recientemente CCOO, quien advirtió en un informe que el coste de la vivienda sigue siendo uno de los principales obstáculos para mejorar las condiciones de vida de muchos trabajadores. Incluso, hay personas que, con un trabajo, se ven obligadas a vivir en la calle.
Es el caso de Manuel Heredia que, por un “cúmulo de circunstancias”, se vio en esta situación. Se quedó sin trabajo y la pareja con la que convivía le echó del piso, no pudiendo alquilar siquiera una habitación con lo que percibía de ayuda de desempleo. Ahora, aunque trabaja como mozo de almacén y cobra un salario de 1.200 euros con tres pagas, tampoco puede acceder a una vivienda: “Estoy ahorrando casi todo lo que gano, las horas extras, todo para poder adelantar los dos meses de fianza”, explica en una entrevista para el medio ‘Diari ARA’.
“Mi situación actual es que vivo en la calle teniendo un trabajo. Duermo ahí debajo de los portales de la biblioteca. La situación de verme en la calle se me hizo muy duro los primeros días”, resume, explicando que prefiere estar en la calle y poder comer que estar en una habitación y no tener dinero para comida. Heredia también explica que ha decidido enviar todos los extras que consigue a su hermana “para no tener dinero encima”, guardándolo ella. A finales de año espera que, fruto de su esfuerzo, pueda coger un piso.
“Estar en la calle no quiere decir que pierda ni tu identidad ni tu dignidad”
Es un mensaje que reitera Manuel Heredia a lo largo de la entrevista al citado medio. Así, se asea todos los días en una fuente pública, antes de que salga el sol. También cuida su alimentación, comprando muchas frutas, y no tiene ninguna adicción, salvo el tabaco.
“Cuando duermo en la calle voy mucho más cansado porque me desvelo por miedo a que me pase algo [...]. Tengo que hacer como los animales, tener medio cerebro desconectado para dormir y el otro conectado por lo que pueda pasar”, cuenta, normalizando una rutina que no debería serlo. “No soy ni mejor ni peor persona por estar en la calle, soy una persona que lo estoy llevando lo mejor que puedo con dignidad”, concluye.

