Las casas prefabricadas se han convertido en una alternativa que cada vez se tiene más en cuenta frente a la vivienda tradicional, ya no solo por sus precios mucho más bajos, sino porque en muchas ocasiones permiten hacer una vida independiente sin estar lejos de la familia. Este es justo el caso de Jane Post, de 81 años, que después de pasar 31 años en lo que ella consideraba su hogar, empezó teniendo problemas para mantenerla y ahora vive en una de estas viviendas prefabricadas en el jardín de su hija.
“Mi casa se convirtió en una carga y una responsabilidad excesivas al llegar a los setenta y tantos años, y necesitaba algo diferente”, explica en un ensayo en Business Insider.
Tras vivir unos meses con una amiga y trasladarse después a Nueva York con su hija mayor, Jane regresó a Florida sin tener claro dónde instalarse. Fue entonces cuando su hija menor le ofreció una pequeña casa rodante situada en su propiedad mientras decidía qué hacer.
“Me mudé y me quedé. Me sentí como en casa. Es pequeña y fácil de mantener. Tiene el tamaño perfecto para guardar mis cosas más preciadas”.
“Por fin había encontrado mi dulce hogar”
Jane bautizó su vivienda como ‘La Tetera’, un nombre inspirado en una historia sobre una diminuta casa inglesa en la que apenas cabían una mesa y dos sillas. “Recordé esta historia al entrar en la casa rodante y supe que por fin había encontrado mi dulce hogar… La Tetera”, afirma.
Aunque el espacio es pequeño, es más que suficiente para su día a día, que además comparte con varios perros, gatos y gallinas, que, según explica, llenan su hogar de alegría. Además, valora especialmente tener todas sus pertenencias, recuerdos y libros al alcance de la mano.
“Todo lo que necesito está cerca y al alcance de la mano”, señala. Incluso cree que vivir en un espacio reducido le aporta seguridad. “Si pierdo el equilibrio, siempre tengo una pared, mesa o mostrador cerca contra el que apoyarme”, añade.
Una jubilación independiente y con menos responsabilidades
Una de las principales ventajas que para Jane tiene el haberse instalado en una casa prefabricada es el poder seguir viviendo sola y manteniendo su privacidad, pero con su hija cerca por si necesita ayuda o compañía. También recibe las visitas de sus dos bisnietos, de cuatro y ocho años, que disfrutan de su pequeño hogar y de los animales.
La vivienda se convirtió además en un refugio cuando recientemente estuvo enferma. “Sentí como si la tetera me reconfortara con un cálido abrazo”, recuerda.
Jane reconoce que vivir en pocos metros cuadrados tal vez no es una opción adecuada para todo el mundo, pero en su caso ha supuesto ganar en calidad de vida porque se ha liberado del esfuerzo y las obligaciones de mantener una vivienda convencional.
“Tengo todo lo que es importante para mí en esta etapa de mi vida, mi familia, la libertad de las responsabilidades y exigencias de tener una casa propia, mis animales, privacidad, paz y casi todo lo que amo al alcance de la mano”, asegura.

