El envejecimiento cambia por completo la relación familiar, y eso es lo que explica Marlene Martín, una jubilada de 70 años. Para ella, llegar a la vejez y dejar su trabajo como profesora de literatura le ha supuesto comenzar una nueva vida con la que a veces no está muy conforme. No es porque le falten actividades y se aburra, sus sensaciones son otras. Echa de menos a sus hijos, en las etapas de la infancia y adolescencia, cuando dependían de ella.
“Puedes poner un reloj cada vez que llama mi hijo, siempre son llamadas de quince minutos. Ni uno más”. Además, en la conversación siempre se tratan los mismos temas “con una precisión casi mecánica, hablamos de salud, de trabajo o de los nietos”. “La semana pasada intenté contarle que el mirlo del vecino ha aprendido a imitar la alarma del coche, y me dijo qué bien mamá, pero ya estaba en otra cosa”.
A veces esto le hace sentirse triste, pero tiene una explicación que a ella la cuesta dar pero que ha expresado en un texto publicado por Veogout “los padres seguimos siendo queridos, pero ya hemos dejado de ser necesarios”.
“Después de 70 años, he descubierto que ser muy querida por tus hijos y ser necesaria para ellos son cosas diferentes”, explica. La diferencia está en que “te llaman, te ayudan cuando lo necesitas pero no cuentan contigo, ya son autosuficientes para pensar, decidir o equivocarse”.
“Mi hija prefiere cocinar con una aplicación que con mis recetas”
Marlene se siente reemplazada y se da cuenta casi a diario. En su cocina, por ejemplo, tiene tres pequeñas libretas con sus recetas escritas a mano durante años. “Cada una de ellas tiene su propia historia”, dice. “El pan de plátano de mi madre lo recuerdo porque es lo que nos hacía en los días complicados, y también hay una sopa que aprendí de una vecina italiana”.
Cuando fue su hija a comer a su casa, quiso compartir alguna de estas recetas con ella. “Empezó a reírse, me dijo que todo eso estaba en una aplicación. Sé que lo hizo sin mala intención, pero dolió”. “Me mostró el teléfono y me dijo que todo estaba allí, con sus vídeos y valoraciones de usuarios”. Sabe que la intención de su hija no era infravalorar pero “en aquel momento aprendí que todo lo que había aprendido podía descargarse en segundos y que nadie me necesitaba ya”.
Manuel Herrera, sociólogo y experto en dinámica de familia ha explicado que la digitalización ha cambiado el modo de relacionarse e incluso de trabajar “está democratizando el acceso al conocimiento práctico pero al mismo tiempo produce una brecha generacional”. “Antes, había cosas que pasaban de padres a hijos y ahora obtienen la información de fuentes externas, porque es más rápido”.
“Cuando no te cuentan las cosas para protegerte, duele todavía más”
Otra de las actitudes que aparecen en esta etapa y que más duelen es la tendencia de los hijos a filtrar la información que comparten con sus padres. “Mi hija tuvo un aborto pero no lo supe hasta meses después, me dijo que no quería que me preocupase”. La frase le dolió más “que no te cuenten las cosas con la intención de protegerte duele más que cualquier noticia”.
La impresión que tiene esta mujer de 70 años es que “me han construido una visión limpia de sus vidas en la que me cuentan sus ascensos o sus logros pero no las dudas, los miedos y las noches en vela. Cuando eran pequeños yo sabía cómo solucionar sus problemas pero ahora parece que soy frágil”.
Laura Benavente, una psicóloga clínica, también ha aportado su punto de vista: “las nuevas generaciones siempre cuentan sus experiencias y problemas a sus parejas, amigos o profesionales pero hablar con los padres lo dejan en un segundo plano porque los protegen y reduce la profundidad del vínculo”.
“Les eduqué para ser independientes y brillantes”
Esta distancia es parte de una crianza positiva que ella reconoce, “les he educado para que sean independientes, y lo son. Brillantes, capaces y autónomos. Aunque no niego que eso produce una sensación de abandono. Lo más duro es darte cuenta de que este sentimiento es porque has hecho un buen trabajo”.
“Sé que no puedo depender de que necesiten, eso no va a pasar como antes”. La herida sigue abierta, “mis hijos creen que lo hago bien, y seguramente así sea si se tienen en cuenta las normas actuales, pero no saben lo que se pierde por el camino”.
“Mis hijos me quieren, pero no me necesitan y aprender a vivir con esto es muy difícil”, resume Marlene.