Sentarse a la mesa a disfrutar de una buena comida es, para la mayoría, un acto cotidiano lleno de matices. Sin embargo, todos conocemos a alguien (e incluso nosotros mismos) que tiene la costumbre de coger el salero y espolvorear sal sobre el plato antes siquiera de haberlo probado.
A simple vista, lo vemos como una simple manía gastronómica o el resultado de un paladar acostumbrado a sabores más fuertes. Sin embargo, la psicología explica que las causas de esto pueden ser mucho más complejas, y advierte que este pequeño gesto dibuja perfiles emocionales y sociales muy distintos dependiendo del género de la persona.
De hecho, un reciente estudio publicado en la revista BMC Medicine, tras analizar a más de 400.000 adultos, arrojó un dato revelador: quienes siempre añaden sal a la comida tienen un 29% más de riesgo de depresión y un 17% más de riesgo de ansiedad.
El psicólogo estadounidense John Cacioppo, que fue de los primeros en estudiar este tipo de comportamientos, explica que cuando una persona vive sola durante mucho tiempo, su sistema de recompensa cambia por completo. En ese momento, comer pasa a formar parte de una experiencia compartida y el cerebro empieza a buscar otras formas de compensarlo, siendo estas más intensas para poder así alcanzar esos niveles previos de satisfacción.
El salero es donde entra en escena, pues su sabor salado tiene la capacidad para poder activar rápidamente esos circuitos de placer en el cerebro. De esta forma, una cosa tan simple como tomar sal estando solo y frente al televisor puede llegar a generar una sensación de bienestar. Este patrón suele darse con frecuencia entre hombres mayores que o bien viven solos o que, llegados a una edad (como por ejemplo la jubilación), han perdido su círculo social, lo que se conoce como la "soledad masculina silenciosa".
En el caso de las mujeres es al revés. La psicología social dice que las mujeres adultas que salan la comida suelen ser personas con una vida social muy activa, estando más expuestas a comidas familiares o reuniones con amigas.
Esto se debe a que, estadísticamente, las mujeres suelen ser más cuidadosas a la hora de mantener su círculo social con el paso de los años. Su paladar se ha acostumbrado a esos sabores que recuerdan a esas quedadas grupales culinarias.
Por tanto, mientras que los hombres acuden a la soledad, las mujeres, por el contrario, buscan la exposición social, familia y amistades.
Más detalles sobre los pequeños gestos
La psicología cognitiva lleva años insistiendo en que los pequeños hábitos cotidianos suelen dar más detalles sobre nuestro estado emocional que las respuestas directas. Así, una persona puede decir que se siente bien mientras, de forma inconsciente, cambia su forma de comer, el volumen de su voz o el tiempo que pasa delante de la pantalla de un móvil.
Hay que aclarar que la situación del tablero no se puede usar para ejecutar un diagnóstico clínico, pero los expertos explican que son señales a las que hay que prestar atención, ya que permiten detectar a tiempo el malestar emocional e intervenir antes de que se desarrollen problemas mayores como el deterioro cognitivo, la depresión o la ansiedad.