Cada persona arrastra durante el día un buen número de costumbres que ejecuta sin reparar en ellas. Algunas se notan más, otras pasan inadvertidas, y casi todas afloran con claridad en los espacios cotidianos a los que se vuelve varias veces por semana. El supermercado es uno de los escenarios donde más se concentran esos pequeños rituales.
Buscar siempre el producto del fondo del estante, colocar la compra en el carrito siguiendo un orden propio o evitar las cajas de autoservicio aunque estén vacías figuran entre los hábitos más repetidos. Sobre este último gesto, la psicología ha ido perfilando con bastante detalle qué tipo de personas lo practican de forma sistemática.
El psicólogo Nicholas Epley, profesor en la Booth School of Business de la Universidad de Chicago, lleva años publicando experimentos sobre interacciones con desconocidos. Sus trabajos muestran que hablar brevemente con alguien que no se conoce, incluso de cosas tan triviales como el tiempo o lo que se compra, mejora el estado de ánimo del que inicia el intercambio. Lo curioso es que la mayoría de los participantes predecían lo contrario antes del experimento. Anticipaban incomodidad y obtenían bienestar.
A esos contactos los sociólogos los llaman vínculos débiles, un concepto que Mark Granovetter formuló en 1973 y que sigue siendo referencia. Son relaciones breves, sin profundidad, que ni siquiera dejan nombre. El cajero del supermercado, el portero del bloque de al lado, la persona con la que compartes cola en el ambulatorio. Granovetter demostró que ese tipo de contactos cumplen funciones que los vínculos fuertes no cubren: amplían el acceso a información, oportunidades laborales y sentido de pertenencia.
Lo que se pierde cuando se automatiza la caja
Las cajas de autopago se diseñaron para eliminar fricción. Menos espera, menos personal, más rotación. En esa ecuación nadie pensó que la fricción social también desaparecía. Saludar, decir gracias, comentar el clima al cajero, todo eso son micromomentos que activan una forma básica de reconocimiento mutuo: la otra persona te ve, tú la ves.
La soledad rara vez aparece como una decisión consciente. Se construye en lo pequeño, en la acumulación silenciosa de gestos que dejan de producirse. Menos palabras al día, menos miradas, menos roces. Un estudio del Imperial College London sobre soledad en adultos mayores describe ese proceso como una erosión gradual de los lazos secundarios, los que no implican intimidad pero sostienen la sensación de comunidad.
Quién elige siempre la fila humana
El perfil no responde a una variable de edad. Hay jóvenes que evitan sistemáticamente el autopago y adultos mayores que lo prefieren porque el cajero a veces tarda. Lo que se repite es una valoración alta de los intercambios breves como parte del día. Para esa persona, hacer cola no es perder tiempo. Es ganarlo, en una moneda que no se mide en minutos.
En supermercados de cadenas como Mercadona, que tiene una política explícita de mantener cajeras humanas en todas sus tiendas, la cola larga puede ser, simplemente, la respuesta racional a una necesidad emocional que la máquina no cubre.