No todo el mundo está dispuesto a trabajar de carpintero, ya que es una de esas profesiones que se enseñaban de padres a hijos y que se ha ido perdiendo con los años por la falta de relevo generacional. Al igual que ocurre con otros oficios tradicionales como el de fontanero o electricista.
Esta falta de relevo ha hecho que se abran nuevas vías de empleo para ocupar puestos en una profesión que requiere de paciencia, formación y algo de creatividad. Y una vía está siendo el empleo femenino, ya que al igual que ocurre con profesiones como la de albañil, éste ha sido un trabajo tradicionalmente dominado por hombres. Uno de estos casos es el de Marina González, una joven de 27 años natural de Nava (Asturias), que decidió dedicarse a la carpintería como ya lo hiciera su familia en su momento, algo que como decíamos cada vez cuesta más ver.
Crecer entre virutas y la importancia de la formación técnica
El olor a serrín y el sonido de los formones marcaron la infancia de esta asturiana y le hicieron cogerle gusto a esta profesión. "Me crié prácticamente entre virutas. Desde bien pequeña visitaba el taller de mi familia para entretenerme. En vez de jugar con las muñecas, prefería encolar tablas porque me lo pasaba muy bien", cuenta la joven en una entrevista con La Voz de Asturias. A ella le gusta todo lo que tiene relación con la madera y los árboles en parte debido a su legado familiar, ya que su bisabuelo talaba en el monte y su abuelo dedicó su vida entera a la ebanistería, fundando en 1991 el taller donde hoy trabaja Marina.
A pesar de que su padre prefería que eligiera un camino académico convencional, su vocación la llevó a no hacerle caso y seguir la tradición familiar. Tras finalizar la educación secundaria, y apoyada de forma incondicional por su abuelo, se matriculó en el Ciclo Formativo de Grado Medio en Carpintería y Mueble en Gijón. Mientras asimilaba la teoría en el aula, las lecciones prácticas las recibía en casa. "El que más me enseñó de este oficio, sin duda, fue mi abuelo. Me enseñó a tallar, a afilar los formones… y, sobre todo, a ser muy prudente con las máquinas", reconoció Marina con profunda admiración.
El relevo generacional y los prejuicios de un mercado masculinizado
Cuando su padre alcanzó la edad de retiro profesional, Marina no dudó en asumir la gerencia del negocio con apenas 24 años. Para darle un toque diferencial a la herencia recibida, su primera gran decisión como dueña consistió en adquirir una moderna máquina láser para personalizar los acabados con nombres o símbolos. Hoy en día, elabora desde relojes o llaveros hasta inmensas puertas y escaleras, disfrutando inmensamente del proceso. "Ver cómo a partir de un tablón eres capaz de crear una puerta o una ventana que abres y cierras prácticamente todos los días [...] es una sensación espectacular", confesó.
Sin embargo, su camino en un oficio que siempre ha estado dominado por hombres no fue fácil, claro está, e incluso tuvo que vivir situaciones machistas. Y es que nada más acabar sus estudios, la joven vio cómo los proveedores que había por allí no le querían vender al principio y todo "porque lo de ser mujer y carpintera no está muy bien visto". Incluso ya tratando directamente con clientes se encontró con situaciones de falta de confianza en su trabajo que son difíciles de asimilar, y más cuando vienen de otra mujer. "Más de una vez llegué a una obra y a la gente le chocaba que fuese yo la que iba a colocar la puerta [...] Una de las peores experiencias que viví fue con una mujer. Al llegar a su casa para mirarle la escalera, me empezó a faltar el respeto de una manera que me quedé alucinando", lamentó la trabajadora.
Con todo, Marina consiguió tener al final una buena cartera de clientes y todo gracias al boca a boca y a que iba a los mercadillos artesanos de Asturias, en los que conocía a gente y a posibles nuevos clientes que se interesaban verdaderamente por su trabajo. Así ella acabó superando el miedo a estar trabajando por su cuenta y ahora se siente feliz. "Estoy muy feliz porque puedo trabajar en lo que realmente me apasiona", dice la carpintera.