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Tomás Santa Cecilia, psicólogo, sobre el síndrome de la vida ocupada: "Cuando una persona pasa de una tarea a otra continuamente no deja espacio a la reflexión y el cuerpo termina pasando factura"

El especialista describe un patrón común en los trabajadores españoles que viven con la agenda llena y advierte de su impacto sobre la salud mental, el descanso y la productividad real.

Trabajadora estresada.
Tomás Santa Cecilia, psicólogo, sobre el síndrome de la vida ocupada: "Cuando una persona pasa de una tarea a otra continuamente no deja espacio a la reflexión y el cuerpo termina pasando factura" |Freepick.
Fátima Pazó
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La agenda repleta se ha vendido durante años como sinónimo de éxito. Reuniones consecutivas, varias pestañas abiertas, mensajes que se contestan entre tarea y tarea y la sensación constante de no llegar. Tomás Santa Cecilia, psicólogo, lo etiqueta como "síndrome de la vida ocupada" y lo identifica como una de las causas crecientes de consulta entre profesionales adultos en España.

"Cuando una persona pasa de una tarea a otra continuamente, no deja espacio a la reflexión, lo vimos en la pandemia", explica el psicólogo. La idea de fondo es que la mente humana necesita huecos para procesar lo que vive, y cuando esos huecos desaparecen, lo no procesado se acumula en el cuerpo en forma de tensión, fatiga y reactividad emocional.

Por qué ocupar la agenda no es lo mismo que ser productivo

España es, según los datos de productividad por hora trabajada de Eurostat, uno de los países de la Unión Europea con peor rendimiento por hora pese a tener una jornada de las más largas. La paradoja, recuerda Santa Cecilia, es que la productividad cae cuando se elimina cualquier espacio entre tarea y tarea.

El motivo es neurológico. La transición entre actividades exige un coste cognitivo que los expertos llaman switching cost. Cada vez que el cerebro pasa de un asunto a otro pierde unos segundos en recolocar contexto, prioridades y memoria de trabajo. Acumulado a lo largo de un día con quince saltos entre Slack, correo, reunión y documento, ese coste se traduce en horas de rendimiento perdido y en un cansancio mucho mayor del que justificaría el contenido real del trabajo. 

Santa Cecilia añade un segundo efecto, más silencioso. Sin huecos para procesar, las emociones del día se quedan en pausa. La conversación tensa con un compañero, la reprimenda del jefe o la noticia preocupante de un familiar no se digieren, se aplazan. Cuando llega la noche, el cuerpo intenta procesarlas en forma de insomnio, despertares de madrugada o sueños cargados.

Cómo introducir espacios de reflexión sin renunciar a la responsabilidad

El psicólogo no propone abandonar la actividad ni recortar tareas a las que uno se ha comprometido. Lo que sí recomienda es proteger pequeños espacios deliberados de no-tarea a lo largo de la jornada. Diez minutos entre reuniones sin móvil, un trayecto al trabajo sin podcast, una comida sin pantalla. Son intervalos minúsculos en agregado, pero suficientes para que el cerebro pase de modo ejecución a modo procesamiento.

Santa Cecilia también sugiere acabar el día con un cierre consciente. Antes de irse del puesto o del despacho de casa, dedicar tres minutos a anotar qué queda pendiente, qué se ha terminado y qué emoción ha dejado el día. Esa pequeña ceremonia, según los protocolos que él aplica en terapia, reduce notablemente la rumiación nocturna. Estar siempre ocupado no protege de la ansiedad. Muchas veces la oculta, y el cuerpo, tarde o temprano, presenta la cuenta.