Emigrar a España en busca de un futuro mejor es una decisión que toman miles de personas de América Latina. Sin embargo, al llegar, las expectativas chocan muchas veces con una realidad laboral muy dura. El caso de Melissa Sánchez, una joven hondureña que lleva en España desde 2014, refleja perfectamente esta situación.
En su país natal, Melissa trabajaba en la atención al cliente de un banco y estudiaba la carrera de mercadotecnia (publicidad y marketing). Al llegar a Madrid y encontrarse sin papeles, su primer empleo fue cuidar a una anciana.
"Venimos pensando que vamos a darnos la gran vida o a recoger euros, pero nos encontramos con un mundo muy distinto. No estamos acostumbrados a este tipo de tareas. Al principio me tocó trabajar con una señora mayor y lo más difícil fue tener que limpiarle la caca. Eso te marca", confiesa Melissa en una entrevista grabada en el centro de Madrid por el canal Historias de Migrantes.
Un sector formado por mujeres y extranjeros
La situación de Melissa coincide con las estadísticas oficiales en España. El sector de la limpieza y el empleo del hogar es un pilar invisible que sostiene a miles de familias, pero está marcado por la precariedad:
Más del 95% de las personas que trabajan en el servicio doméstico en España son mujeres; y es que, el Instituto Nacional de Estadística (INE) estima que el 45% de estas trabajadoras son extranjeras. Por su parte, el Ministerio de Trabajo indica que la mayoría proviene de países como Colombia, Honduras, Venezuela, Perú y Ecuador.

Aproximadamente una de cada cuatro limpiadoras extranjeras tiene estudios universitarios o títulos técnicos de sus países (como enfermeras, abogadas o psicólogas). Sin embargo, debido a los retrasos para convalidar los títulos y a la falta de opciones, terminan trabajando en la limpieza.
Miles de trabajadoras en el mercado negro
La Seguridad Social tiene registradas a algo más de 347.000 empleadas de hogar en su sistema especial. Sin embargo, los sindicatos calculan que hay más de 100.000 mujeres trabajando en la economía informal (sin contrato ni papeles).
Al no tener permiso de residencia, muchas recién llegadas se ven obligadas a aceptar jornadas de 10 a 12 horas diarias sumando varias casas, cobrando menos del salario mínimo y sin derecho a vacaciones.
A pesar de que las leyes han mejorado para reconocerles el derecho al paro o protegerlas frente a despidos injustificados, el día a día sigue siendo duro. Por eso, Melissa lanza un mensaje de orgullo para todo su colectivo: "No nos avergoncemos de lo que hacemos. El trabajo no deshonra a nadie; deshonra robar. El trabajo dignifica y hay que hacerlo con el corazón".

