Cada vez más personas se han planteado cambiar la ciudad por el campo en busca de una vida más tranquila y conectada con la naturaleza. El auge del teletrabajo y el elevado coste de la vivienda, han impulsado un fenómeno que ha ganado fuerza en los últimos años, sobre todo entre los jóvenes.
Es el caso de María, que encontró su casa casi por casualidad. Fue en 2020, durante el confinamiento por el Covid-19, mientras estaba en el pueblo de su madre, en Asturias. Un día salió a pasear, siguió el sonido de una cascada y acabó dando con una casa antigua y abandonada. “De la casa solo se veía la parte de arriba porque todo lo demás era zarza”, ha contado en una entrevista para el canal de YouTube de Arnau Serrado, según recoge ‘El Español’.
Pero lo que no sabía es que aquel descubrimiento iba a ser el principio de su nueva vida. María preguntó por la propiedad, localizó al dueño a través de un vecino y, meses después, pudo comprar la casa por 6.000 euros, porque no era una vivienda que estuviera lista para entrar a vivir, ya que no tenía luz ni agua.
Reforma desde cero y sin experiencia
Según explica, nunca había vivido sola ni había pasado una temporada aislada en la naturaleza y tampoco sabía de albañilería, fontanería o construcción para ponerse manos a la obra con la reforma de la casa. “No había hecho nada de nada”, reconoce, pero aun así, decidió aprender sobre la marcha y convertir aquella ruina en su nuevo hogar.
“Tuve suerte de poder pagarla en mano porque pagué 6.000 euros y desde aquel día pues soy propietaria de esta casa.”
Desde entonces, su vida ha cambiado por completo, y ahora la joven habla de una forma distinta de medir la riqueza, menos centrada en el dinero y más en el tiempo. “Mi moneda de cambio ahora mismo, en vez de ser el dinero, es el tiempo”, afirma. Por eso asegura que se considera una persona rica, aunque no en el sentido habitual.
Vivir sola en mitad del bosque puede sonar duro, pero María lo cuenta de otra manera, ya que para ella, la experiencia ha sido una elección consciente y una forma de acercarse a una vida más tranquila, autosuficiente y conectada con el entorno. “Esto es una fantasía”, resume.
Sin embargo, no significa que todo sea idílico. La propia María reconoce que algunas actividades pierden parte de su encanto cuando no se comparten con alguien, aunque tampoco habla de la soledad como un problema, sino como parte del aprendizaje de estos años y de la experiencia en sí.

