Cada vez son más las personas que deciden dejar atrás el ritmo frenético de las ciudades para buscar una vida más tranquila en el entorno rural. Aunque vivir en un lugar apartado suele asociarse a la soledad, hay quienes aseguran que esa tranquilidad no implica sentirse aislado, sino todo lo contrario.
Es el caso de Tomás Valleste, un hombre que hace 12 años cambió por completo de vida para instalarse en un pequeño pueblo del Pirineo catalán. Tras perder la visión de un ojo a causa de un accidente, fue despedido de su empresa y decidió empezar de cero en Gerona, donde asegura haber encontrado la paz que buscaba.
Fue entonces cuando su hermano le propuso un proyecto que, en un primer momento, consideró una auténtica locura. La idea era reconstruir una vivienda en Solanell, un pequeño pueblo del Pirineo catalán, en la provincia de Lleida, que por entonces se encontraba prácticamente abandonado.
“Le dije: ‘Tú estás rematadamente mal de la cabeza, ¿cómo vamos a construir nada aquí?’”, recuerda Valleste en una entrevista concedida al canal de YouTube ‘Monxileros’. Sin embargo, apenas unos meses después cambió de opinión, y a los 54 años decidió instalarse definitivamente en el municipio y comenzar una nueva etapa lejos de la ciudad.
La montaña como refugio tras un giro radical
Ha pasado ya más de una década desde aquella decisión y Tomás asegura que no se arrepiente. Actualmente vive gracias al subsidio para mayores de 52 años, que ronda los 480 euros mensuales, una cantidad que complementa con pequeños trabajos ocasionales que realiza por la zona.
Y aunque no cuenta con unos ingresos muy elevados, asegura que el cambio le ha permitido ganar algo que considera mucho más valioso, como es la tranquilidad.
Su experiencia también cuestiona la idea de que vivir en un entorno remoto implique necesariamente sentirse aislado. Según explica, mantiene un contacto frecuente con amigos y familiares y diferencia claramente entre la soledad impuesta y la que uno elige libremente. “Vosotros que vivís en la ciudad podéis ver mucha gente aislada pidiendo ayuda. Son personas invisibles, y eso aquí no pasa”, afirma.
“La soledad es querida; lo malo es sentirse aislado”
Así, Tomás defiende que la soledad, cuando es una decisión personal y no una imposición, puede tener efectos positivos sobre el bienestar emocional. “La soledad es un elemento que te ayuda a reflexionar, a pensar, a desfragmentar el cerebro en la vida propia”, afirma.
Para él, la clave está en que no percibe su situación como aislamiento, sino que se trata de “una soledad querida. Lo malo es cuando una persona está aislada y no es este lugar, porque aquí no siento el aislamiento”, explica.

