La presidenta del BCE (Banco Central Europeo), Christine Lagarde, ha lanzado un serio aviso a los países miembros de la Unión Europea (UE) para que no se queden atrás en el desarrollo y aplicación de la Inteligencia Artificial (IA) en los sectores productivos. Ha realizado esta afirmación apoyándose en lo que ya sucedió cuando comenzó la primera revolución digital, y para evitar los problemas derivados de la no adaptación, ha considerado necesario terminar con las barreras que impiden a las empresas crecer en la UE, de modo que las inversiones puedan alcanzar una mayor dimensión.
Ha sido en un acto del Foro Económico Mundial donde la presidenta ha tomado la palabra para asegurar que existe una amenaza real a la que debe hacer frente el mismo modelo que impulsó el crecimiento europeo durante los últimos 10 años. Este sistema estaba apoyado en la globalización, el acceso a energía barata y un orden internacional basado en reglas concretas.
El problema es que estas condiciones que siempre han estado presentes “se están erosionando” y es “improbable que vuelvan a ser como antes”. Ante este escenario, la presidenta del BCE cree que Europa tiene que buscar nuevas fuentes de crecimiento aprovechando las oportunidades económicas que ofrece la IA.
La primera revolución digital dejó fuera a Europa
Lagarde ha recordado que Europa se quedó al margen de la primera revolución digital, ya que los principales beneficios empresariales generados por la expansión de las TIC (tecnologías de la información y la comunicación) fueron aprovechados de manera “desproporcionada” por otros países.
“No podemos permitirnos repetir esa experiencia con la IA, la segunda revolución digital”, ha sentenciado Lagarde. Pese a eso, sostiene que Europa cuenta con ventajas para competir, entre las que se encuentran una mayor red de acuerdos comerciales, puntera en el mundo, una capacidad industrial de primer nivel y un alto nivel de cualificación entre sus trabajadores.
La UE cuenta con un mercado formado por los 27 Estados miembros y 450 millones de consumidores, es el mayor de los integrados en las economías avanzadas, aunque las empresas europeas no siempre pueden aprovechar ese potencial debido a las diferencias normativas y financieras entre países.
Lagarde busca un crecimiento de las empresas europeas
Uno de los retos a los que se enfrenta el tejido económico de la UE es el de transformar las fortalezas en una fuente estable de crecimiento a largo plazo. Esto pide que se aproveche el tamaño del mercado europeo, facilitando que las empresas puedan crecer por todo el territorio. “La escala es importante”, ha dicho la presidenta del BCE porque, a su juicio, la expansión de las nuevas tecnologías está cambiando el concepto de la productividad.
Aquí es donde aparecen esas barreras “invisibles” con las que cuentan determinadas empresas, por lo que hay que aumentar la inversión en tecnologías para que puedan expandirse y aumentar o por el contrario, aparecerán grandes dificultades para competir con otras compañías internacionales que tienen más presupuesto tanto para las TIC como en el campo comercial.
En el caso de las pymes, las empresas pequeñas, esta capacidad de expansión está más limitada porque cuentan con menos dinero para invertir en formación, inteligencia artificial y personal altamente cualificado.
Evitar que las compañías europeas ‘emigren’ a otros países
Lagarde encuentra dos problemas a la hora de plantear el crecimiento empresarial. El primero de ellos es el mercado único, que aparece fragmentado, ya que muchas empresas continúan operando y compitiendo dentro de las fronteras nacionales.
Por otro lado, existe una fragmentación de los mercados de capital, ya que la financiación tiene muchas trabas y, por eso, las empresas jóvenes tienden a salir del continente. “Estas dos barreras se retroalimentan mutuamente”, reconoce.
La fragmentación termina con la rentabilidad y las opciones de expandirse dentro de Europa, y los problemas de financiación no dejan que las empresas lleguen a conseguir el tamaño necesario para competir internacionalmente.

