Varios jubilados mayores de 80 años hablan claro: "Espero a mi primera bisnieta en enero. Me gustaría verla. Moriré con una sonrisa pero con pena"

Las personas mayores entrevistadas coinciden en una idea: lo que no se vive ahora ya no se vivirá después, y casi todos los errores tienen que ver con haber ido demasiado rápido.

Un jubilado entrevistado |Sprouht | YouTube
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Los jubilados llevan en sus espaldas un manual de errores que pocas veces se consulta. El creador William Rossy, a través de su canal Sprouht, ha salido a las calles de Montreal para entrevistar a jubilados mayores de 70, 80 y 90 años y plantearles cuál es el mayor arrepentimiento de su vida. Las respuestas, lejos de ser solemnes, son honestas, sencillas y a menudo cargadas de humor.

El error más repetido tiene nombre y apellido: casarse demasiado pronto. “Mis prisas por casarme, y la verdad es que me salió el tiro por la culata”, reconoce una mujer que en aquel momento atravesaba su mejor etapa profesional. “Mi matrimonio no funcionó, y yo estaba en un punto profesional muy bueno. Lo dejé todo porque sentía que el reloj corría. Debería haber esperado antes de casarme”, añade con serenidad. Otro hombre coincide casi palabra por palabra: “Me casé realmente antes de lo que debía. Me costó bastante tiempo darme cuenta.

No es el único arrepentimiento que aflora. Una entrevistada, sin hijos por decisión propia, admite que hubo un momento en el que dudó: “Sí que me arrepentí, por supuesto. Sentí que era algo que tal vez debería haber hecho, pero yo no servía para eso”. Su honestidad rompe el tabú de tener que justificar decisiones tomadas hace medio siglo.

“Moriré con una sonrisa, pero lamento perderme tantas cosas”

Hay también quien ha hecho las paces con la idea de que el tiempo se agota. Un hombre de 96 años lo cuenta sin dramatismo: “Espero a mi primera bisnieta en enero, me gustaría verla. Moriré con una sonrisa en la cara, pero lamento perderme tantas cosas.” La frase resume el tono del vídeo, sin queja ni nostalgia desbordada, solo con la constatación de que la vida no espera a nadie. Él mismo añade una observación que mezcla aceptación y crítica al estado del mundo. “Como me siento bien, no tengo quejas, pero uno ve que se acerca el final. Siento que el mundo se va al garete, así que es un buen momento.”

Otra mujer de 75 años, que sigue jugando al tenis cuatro veces por semana y nada cada mañana antes de ir a trabajar, aporta una lección práctica: “He tenido que renunciar a muchas cosas, y esa es la parte difícil de cuando tienes que dejar ciertas cosas por tu edad.” Para ella, el problema no es envejecer, sino aislarse. “La gente tiende a sentirse sola, luego se aísla, se vuelve cascarrabias, y eso acaba afectando a la salud.” Su receta es la opuesta: pasión y movimiento. “Esto es pasión, y cuando te encanta hacer algo, no te supone un esfuerzo hacerlo”, asegura.

“Hay muy pocas cosas en la vida que merezcan una pelea”

Las historias de amor y convivencia ocupan un lugar central en las entrevistas, y las recetas son sorprendentemente sencillas. Un hombre que estuvo casado 55 años hasta que enviudó lo resume así: “Estuvimos casados 55 años. El secreto fue el respeto. El problema es que la gente no tiene confianza ni respeto por el otro. Cualquier desacuerdo, sentaos a hablar”. Y señala con el dedo a las nuevas generaciones: “Vosotros, los chicos, no tenéis tiempo para sentaros porque pensáis que perderéis algo hablando con vuestra pareja. Vais con demasiadas prisas, demasiado ocupados.”

Otro matrimonio, que lleva 67 años junto, lo explica con la misma sencillez: “Nos casamos jóvenes, con 21 y 22 años. Tuvimos a todos nuestros hijos antes de los 30. Ella me cuidó, me enseñó a comer bien, a hacer ejercicio. Si hoy estoy bien, es por ella.” Su receta cabe en una palabra: “Ceder, sin lugar a dudas. Hay muy pocas cosas en la vida que merezcan una pelea. Lo de esposa feliz, vida feliz, es cierto.” Cuando se le pide que defina el amor, su respuesta es desarmante: “Extremo respeto y cuidado, nada más que eso. La parte física muere pronto.”

También hay quien ha pasado por más de una historia. Una mujer casada tres veces deja una metáfora que vale por todo un libro de autoayuda: “He estado casada tres veces. Mi primer matrimonio duró 24 años, luego tuve otra relación de 21 y mi último marido murió con Alzheimer. Nos conocimos a los 72 años, así que cada uno llevaba mucha mochila. Nos damos una franquicia de equipaje generosa.” Y matiza qué entiende ella por amor: “No es solo algo que te pasa, como ¡zas!, el amor. Es algo en lo que trabajas, que tienes que nutrir. La lujuria pasa a primera vista; el amor lleva tiempo.”

“Viajar te abre la mente”

Si algo lamentan casi todos es no haber viajado ni aprendido más cuando aún tenían cuerpo y tiempo para ello, una reflexión que aparece en muchas conversaciones sobre la jubilación y cómo se afronta. “Asegúrate de conocer, simpatizar y comunicarte con tanta gente como puedas. Viajar es una gran manera de abrir la mente”, aconseja uno de los entrevistados. Otra mujer remata con tres palabras: “Viaja, exponte, y por el amor de Dios, sé tolerante.”

Y entre todas las frases, una idea se repite con fuerza: el valor del contacto humano frente a la prisa. “Si no puedes viajar, podrías hablar con personas más mayores que podrían aportarte sus experiencias”, resume un hombre de origen haitiano. “El valor de hablar con un desconocido es el toque humano. De eso va la vida, básicamente.”

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