Lo que en su día fue una vida laboral activa al volante de un camión, hoy se ha reducido a un habitáculo de cinco metros cuadrados. Javier, un pensionista de 67 años, se vio obligado a abandonar su vivienda de alquiler en Palma de Mallorca tras sufrir un infarto cerebral y ver cómo sus ingresos se iban agotando drásticamente.
Ahora, con una pensión que apenas supera los 500 euros, lleva cuatro años residiendo en una caravana, enfrentándose cada día a la soledad y a la presión burocrática de la administración local.
Te puede interesar
“Cuando me quise retirar, me dio un ictus”
A pesar de haber trabajado durante años como transportista, con épocas en las que sus ingresos fluctuaban enormemente, la salud y la falta de cotizaciones suficientes truncaron su retiro.
“No junté los años y, cuando me quise retirar, aparte tuve un ACV (un ictus), me quedó medio cuerpo paralizado”, explica Javier al canal de Youtube Diego Revuelta. La imposibilidad de mover la parte izquierda de su cuerpo le impidió seguir trabajando.
El punto de inflexión definitivo llegó al comprobar su saldo bancario. “Cuando miras la cuenta bancaria y ves que hay cero. No se puede pagar, cero siempre, y con ese monto de dinero no se puede hacer mucho”, relata. Con un alquiler que hace años ya le costaba entre 670 y 680 euros al mes, mantener un techo tradicional se volvió una quimera frente a su pensión de “500 y algo y un plus”.
Ante la inminencia de quedarse en la calle, reunió dinero prestado de conocidos y malvendió sus pertenencias para comprar la caravana, su "última oportunidad".
“Ojalá tuviera una casa”
La vida diaria de Javier transcurre en un espacio sumamente reducido, de apenas cinco o seis metros cuadrados. A pesar de la precariedad, mantiene una rutina organizada: cocina a diario, aunque por motivos de salud ha dejado de cenar y solo hace comidas sencillas, y se encarga de ir a hacer la compra.
Sin embargo, el mayor desafío llega en la tarde, cuando no hay sol. En invierno, las temperaturas bajan drásticamente y el vehículo carece de un sistema de calefacción seguro. “Ojalá tuviera una casa acá. A la noche hace frío ya”, lamenta.
“La autocaravana no es una pocilga”
Para combatir las bajas temperaturas, su única alternativa es dormir "más vestido y vestido". No quiere usar estufas o calefactores durante la noche por el riesgo extremo que suponen: “Y si se apaga, ¿ya qué hacemos? Nos vamos para el otro barrio”, sentencia el hombre.
Tampoco cuenta con televisión para entretenerse. Aunque le gustaría tener una, el aparato que tenía dejó de funcionar tras un cambio de sistema y adquirir uno nuevo le supondría un desembolso inasumible de más de 300 euros.
A pesar de todo, Javier asegura que no roban luz ni agua de la vía pública. El vehículo cuenta con un depósito de agua dulce para limpiar y ducharse, y los residuos del baño se gestionan mediante un cassette químico que vacían rigurosamente en el punto verde. "Esto es una casa, no es una pocilga, tiene todo lo de una casa", reivindica.
“Aquí te das cuenta de la realidad de la vida”
Sin familia que lo apoye, el aislamiento ha marcado profundamente la visión del mundo de este antiguo camionero. La vulnerabilidad de su situación se hizo dolorosamente evidente durante sus ingresos hospitalarios a causa del ictus y otras operaciones. “Cuando caes en un hospital y estás ahí y nadie te visita (...) vos te das cuenta de la realidad de la vida”, confiesa.
Esta soledad le han llevado a perder cualquier tipo de esperanza o ambición. Hoy en día se maneja únicamente "con cosas concretas", viviendo estrictamente el día a día. “Yo no pienso de acá a un año, yo pienso de acá a una semana. Ya un mes es mucho tiempo para mí”, asegura Javier, añadiendo que su único deseo actual es "que no me moleste nadie, que me dejen en paz".
Además, siente que la sociedad le ha dado la espalda a los mayores. "Antiguamente a las personas mayores se las respetaba (...) porque tenían experiencia en la vida, y hoy la gente más joven que termina saliendo de una universidad pretenden saber más que nosotros", reflexiona.
A sus 67 años, está convencido de que nunca más volverá a vivir en una casa. Sin embargo, su mayor preocupación es el futuro del mercado de la vivienda. Ante la inacción gubernamental, advierte de que el problema afectará de lleno a los más jóvenes: “Yo pienso que a futuro los abuelos van a ser quien les dé habitabilidad a sus nietos (...) Sus hijos van a terminar o en una caravana, o van a terminar viviendo con sus padres, o van a terminar viviendo con sus abuelos”, sentencia finalmente el hombre.