Llegar a los 101 años no significa tener todas las respuestas, pero sí haber mirado la vida desde una distancia que muy pocos alcanzan. Esa es la idea que deja una de las jubiladas entrevistadas por William Rossy (Sprouht), hablando sobre los errores que cometió, lo que habría hecho de otra manera y los consejos que daría a una persona joven.
La protagonista no habla desde una vida perfecta. Cuando Rossy le pregunta qué se siente al tener 101 años, responde con humor y crudeza: “Se siente un poco como tener 98, solo que más difícil”. Después lo explica de una forma sencilla: “Se hace difícil atarse los zapatos y hacer cosas que dabas por sentadas”.
Aun así, su testimonio no se queda en los achaques físicos. La mujer insiste en algo que para ella es una forma de seguir aferrada a la vida: conservar la autonomía. “Siempre he intentado arreglármelas sin ayuda”, cuenta. “Intento hacer todo lo que puedo por mí misma porque es una trampa cuando empiezas a dejar que la gente haga las cosas por ti”.
“Estamos en tiempos peligrosos”
Una de las reflexiones más llamativas llega cuando William Rossy le pregunta cómo ha cambiado el mundo desde que nació, en 1924. La respuesta no es nostálgica, sino inquietante. “Creo que estamos en tiempos peligrosos”, afirma. “Cuando era niña me preocupaba la depresión y ahora me preocupo por el mundo”.
La entrevistada reconoce que habría preferido crecer como joven en la época en la que ella lo fue. “Sí, sin duda”, responde. “Creo que ahora es duro. No estamos cuidando del mundo de la forma en que deberíamos. Y soy tan culpable como cualquier otra persona”.
Su mensaje a las nuevas generaciones pasa por tomarse en serio el presente. “Los jóvenes tienen que tomarse en serio todas las amenazas”, advierte. Para ella, el cambio empieza en lo cotidiano, en “intentar comprender lo que nuestros hábitos diarios aportan al medio ambiente en general”.
“Buscaba aprobación”
Uno de los momentos más humanos de la conversación llega cuando Rossy le pregunta qué cosas le preocuparon demasiado de joven y con los años dejaron de parecerle importantes. La mujer no duda: “La mayor parte de mi vida me preocupé demasiado por los demás. Buscaba aprobación. Quería la aprobación de mis compañeros”.
Con los años, dice, llegó una especie de aceptación. “Al hacerme mayor, me acepté más a mí misma y pensé que lo tomen o lo dejen”. No lo plantea como una receta fácil. De hecho, cuando el entrevistador le pregunta si su vida habría sido mejor de no haberle importado tanto, ella responde: “La verdad es que no. Creo que no tenemos control sobre muchas cosas. Simplemente tienes que dejarte llevar”.
Esa frase resume buena parte del tono de la entrevista. No hay una promesa simple de felicidad ni una lista de pasos para vivir mejor. Hay una mujer de 101 años diciendo que muchas cosas se entienden tarde, que otras no se entienden nunca y que quizá la vida consiste también en aprender a no pelearse con todo.
“A los 50 simplemente estás empezando el camino”
Rossy le plantea también una cuestión muy presente en muchas personas adultas: la sensación de que ya es tarde para cambiar. La mujer rechaza esa idea con contundencia. “Creo que eso es un cinismo innecesario”, responde. “Siempre hay algo que puedes hacer”.
Cuando le preguntan si considera que los 50 años son una edad joven, la respuesta vuelve a tener ese punto de ironía que atraviesa toda la entrevista. “A los 50 eres viejo si eres un niño”, dice. “Cuando era niña pensaba que mi padre era anciano. Y ahora a los 50 simplemente estás empezando el camino”.
La frase desmonta una idea muy común: que la vida se decide pronto y que todo lo que no se hizo en la juventud queda perdido. Para alguien que ha vivido más de un siglo, los 40, los 50 o incluso los 60 no aparecen como una recta final, sino como etapas en las que todavía se puede corregir, aprender o empezar de nuevo.
“Piensa también en ti misma”
Uno de los arrepentimientos más claros de la protagonista tiene que ver con el trabajo y con no haber sabido elegir mejor su camino profesional. “No desarrollé mis intereses como lo hace un joven de hoy”, reconoce. “No creo que nadie me señalara el camino a seguir”.
Al mirar atrás, siente que fue avanzando sin una dirección clara. “Yo simplemente iba dando tumbos”, explica. Cuando Rossy le pregunta qué haría diferente si pudiera rehacer su vida, insiste en la misma idea: “Creo que es importante tomar buenas decisiones sobre tu trabajo y ser selectiva con lo que eliges hacer”.
Su consejo para su yo de 25 años va en esa línea: “Hazlo lo mejor posible para esforzarte más en encontrar un trabajo adecuado”. Pero añade una segunda parte que pesa todavía más: “Es bueno pensar en los demás, pero piensa también en ti misma”.
La conversación también aborda la longevidad, aunque la mujer rechaza la idea de que exista un gran secreto para vivir hasta los 100 años. “Que yo sepa, no”, responde. Para ella, vivir tanto tiene mucho de azar: “Simplemente tienes que tener suerte y esforzarte al máximo”.
Cuando le preguntan qué la mantiene en pie a los 101 años, resume su respuesta con humor: “Suerte y pastillas”. Después añade algo más profundo: “Siento curiosidad, y mientras esté medianamente cómoda, me alegro de estar aquí”.
El vídeo de William Rossy deja una lección cómoda, pero valiosa, y es que la vida no siempre se entiende mientras se vive. A veces se comprende tarde, cuando mirar atrás obliga a reconocer tanto la suerte como los errores. Pero incluso entonces, a los 101 años, todavía queda una forma de seguir adelante: mantener la curiosidad, cuidar de otros y no dar por terminado ningún camino demasiado pronto.

