Casi todas las personas usamos auriculares Bluetooth para escuchar noticias, ver videos, redes sociales e incluso podcast, y los usamos con tanta frecuencia que a veces nos preguntamos si hay riesgo para nuestra salud. Algunos lo podrían comparar con un microondas, ya que los dos operan en torno a los 2,4 GHz, la misma banda de frecuencia. Patricio Ochoa, médico cirujano especializado en medicina funcional y longevidad, con máster en anti-aging por la Universidad de Barcelona, ha publicado un vídeo donde desmonta la comparación con un argumento que se sostiene en la física y en la evidencia médica disponible.
“El Bluetooth y el microondas usan ondas electromagnéticas muy parecidas. De hecho, los dos operan alrededor de 2,4 GHz”, reconoce Ochoa. “Pero escuchar misma frecuencia no significa que tenga el mismo efecto en el cuerpo. La frecuencia solo te dice qué tan rápido vibra la onda, no qué tan poderosa es”.
Ochoa recurre a una analogía sencilla para explicar el concepto. “Puedes tener dos personas empujando un columpio al mismo ritmo, pero si uno empuja con toda su fuerza y la otra apenas lo toca, el resultado no tiene nada que ver”. Un horno de microondas funciona con entre 700 y 1.200 vatios de potencia, diseñado para excitar moléculas de agua y generar calor suficiente para cocinar alimentos. Un auricular Bluetooth emite en el rango de los milivatios, es decir, millones de veces menos energía.
Esa diferencia de escala es la que invalida la comparación. La energía que llega al tejido cerebral desde un auricular inalámbrico es tan baja que no puede calentar tejido, dañar neuronas ni alterar células, según explica el doctor. El efecto térmico (el único mecanismo de daño probado para la radiación no ionizante) sencillamente no se produce a esos niveles de potencia.
Lo que mide el SAR y lo que dice la OMS
Para cuantificar cuánta energía electromagnética absorbe el cuerpo humano, existe una medida estándar, la tasa de absorción específica (SAR, por sus siglas en inglés). Los auriculares Bluetooth registran valores SAR que están decenas o incluso cientos de veces por debajo de los límites de seguridad internacionales establecidos por la ICNIRP (Comisión Internacional de Protección contra las Radiaciones No Ionizantes). Para hacerse una idea, un auricular inalámbrico emite menos radiación que un teléfono móvil pegado a la oreja durante una llamada.
“La Organización Mundial de la Salud revisó cientos de estudios y llegó a la conclusión de que no hay evidencia consistente de que la radiofrecuencia a estos niveles cause daño cerebral, cáncer o alteraciones neurológicas”, señala Ochoa. El Comité Científico Asesor en Radiofrecuencias y Salud (CCARS) de España ha llegado a la misma conclusión en sus revisiones periódicas.
Por qué se clasifican como “posiblemente carcinogénicas”
La Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC) clasificó las radiofrecuencias en el grupo 2B, el de los agentes “posiblemente carcinogénicos”. Ochoa pone esa clasificación en contexto. “Es la misma categoría que tomarte un café caliente o comerte una verdura en escabeche. No es que se haya demostrado que existe un daño, sino porque no podemos descartarlo al 100% en exposiciones extremas o prolongadas”.
La categoría 2B no implica evidencia de peligro real, sino que la ciencia mantiene la puerta abierta porque los estudios de exposición a muy largo plazo (varias décadas) todavía no son concluyentes. Con lo que se sabe hoy, no existe evidencia científica sólida de que el Bluetooth cause daño a la salud. “Si aún así todo esto te genera ansiedad, la solución es muy simple. Usa audífonos con cable”, concluye el doctor.

