Se estima que más de 400.000 jóvenes menores de 25 años se encuentran sin empleo en España, una cifra que coloca al país en lo más alto de la tasa en la Unión Europea, superando ampliamente la media comunitaria que ronda el 15,4%.
Se trata de jóvenes sobrecualificados que se ven obligados a ejercer puestos por debajo de su nivel formativo en sectores como el transporte, que a día de hoy agoniza por falta de mano de obra.
Según datos de la Confederación Española de Transporte de Mercancías (CETM), España registra actualmente un déficit de 30.000 camioneros. La situación empeorará a corto plazo debido al envejecimiento de las plantillas: más de la mitad de los profesionales en activo supera ya los 55 años, lo que amenaza con dejar un vacío de hasta 116.000 vacantes para el año 2028.
Adrián Pérez rompe con este escenario. Este joven de tan solo 30 años le cuenta a La Vanguardia que tras finalizar sus estudios de posgrado en ingeniería fue cuando llegó la crisis sanitaria de la Covid-19 y paralizó el tejido productivo de todo el planeta.
Ante tal pausa y la gran carga de trabajo en la empresa de transporte familiar, decidió obtener todos los permisos de conducción necesarios para echar una mano. Esto fue el paso definitivo que lo llevó a convertirse en transportista.
"Podría estar en una oficina o en una fábrica, pero no veo a quienes estudiaron conmigo mejor que yo", confiesa Adrián al medio catalán. Y es que el ahora conductor explica que muchos de sus antiguos compañeros de facultan han tenido que irse a otros países o subsisten con salarios muy bajos.
“Me ha permitido comprarme un piso, tener un coche y estabilidad”
Aunque confiesa que siempre supo “que era duro” y que se trata de una profesión que requiere que se le destine muchas horas, “te puedes ganar muy bien la vida”. Y mientras que los alquileres en España no paran de subir y se encuentran en máximos históricos (1.057 euros mensuales), con el camión se ha podido “comprar un piso, tener un coche y una estabilidad”.
Sin embargo, pese a las ventajas económicas, el relevo generacional sigue congelado. La CETM y las patronales del transporte apuntan a factores de conciliación familiar, extensas jornadas de trabajo y pernoctaciones continuas fuera del hogar. Adrián, que reconoce tener el privilegio de pasar casi todas las noches en su casa, añade que los costes de entrada al sector suponen un freno insalvable.
- Inversión inicial económica: Sacarse los permisos profesionales de conducción y el Certificado de Aptitud Profesional (CAP) cuesta actualmente entre 3.000 y 4.000 euros.
- Tiempo de preparación: El proceso requiere cerca de un año de formación teórica y práctica.
- Falta de formación reglada: Adrián critica la ausencia de un sistema de Formación Profesional público para el transporte. Considera clave que los institutos públicos, en convenio con las autoescuelas, ofrezcan títulos donde los alumnos salgan con los carnés y el CAP ya integrados.
“Estudié ingeniería, pero me subí a un camión y no quiero bajarme”
La falta de conductores profesionales no es un asunto que deba preocupar únicamente a las empresas logísticas. Adrián advierte de que si las vacantes no se cubren, las cadenas de suministro fallarán, los costes de distribución se dispararán y la economía general se resentirá de forma directa. Evoca el espejo del Brexit en el Reino Unido, donde la falta de transportistas provocó desabastecimientos críticos en las estaciones de servicio.
Tampoco la llegada inminente de la inteligencia artificial o los camiones autónomos solucionará el problema a corto plazo. Para Adrián, la tecnología mejorará la seguridad vial, pero las tareas de supervisión de estiba, el control logístico y la toma de decisiones críticas ante mercancías peligrosas o accidentes siempre exigirán la presencia de una persona responsable dentro de la cabina. "Estudié ingeniería, pero me subí a un camión y ahora no quiero bajarme", concluye en la entrevista del medio de comunicación.