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Javier de Benito (78), cirujano plástico: “Trabajaré hasta 20 minutos antes de morirme”

El médico, con más de cinco décadas de experiencia, descarta la jubilación, reivindica la empatía como parte esencial de su trabajo y sostiene que el futuro de la especialidad dependerá menos del bisturí.

Javier de Benito, cirujano plástico
Javier de Benito, cirujano plástico |Instituto de Benito
Icíar Carballo
Fecha de actualización:

A sus 78 años, Javier de Benito sigue entrando en el quirófano, aunque lo hace con menos frecuencia que en las décadas anteriores. Después de 54 años de carrera, el cirujano plástico asegura que el trabajo sigue siendo una parte esencial de su vida, asegurando que “trabajaré hasta 20 minutos antes de morirme. Intentaré seducir y manipular a la muerte, y le operaré la nariz”, señala en una entrevista para ‘La Vanguardia’.

Actualmente, Javier opera cuatro o cinco días al mes y dirige un equipo de cerca de una docena de cirujanos entre Barcelona y Madrid, aunque durante su trayectoria también ha pasado consulta en ciudades como Moscú, Riad o Ámsterdam. Su carrera empezó después de observar una rinoplastia realizada por el doctor Jaime Planas, una intervención en la que descubrió una relación entre la cirugía, la escultura y su afición por el dibujo.

Un oficio basado en la experiencia y la honestidad

Así, Javier sostiene que el trabajo de un especialista no consiste únicamente en operar, sino que implica saber cuándo una intervención no es conveniente. “Si alguien cree que una rinoplastia le dará trabajo o hará que su pareja vuelva, hay que explicarle que la cirugía no resolverá eso”, afirma.

En su opinión, el médico debe analizar las expectativas del paciente y detectar si la decisión responde a una necesidad propia o a la presión del entorno que le rodea. De hecho, asegura que en su centro rechazan operaciones cuando consideran que la persona no las necesita o cuando existe una percepción distorsionada de su imagen.

Esa honestidad, según añade, debe aplicarse también al explicar los riesgos, ya que, frente a la exhibición de resultados perfectos en las redes sociales, considera más relevante conocer cómo responde un profesional cuando una intervención no sale según lo previsto. “Un buen cirujano no promete que todo irá perfecto; explica los riesgos y cómo los afronta si aparecen”, apunta.

La transformación de la profesión

Javier cree que la cirugía estética cambiará profundamente durante los próximos años porque, aunque la demanda de tratamientos ha aumentado y el tabú social ha disminuido, pronostica que las nuevas técnicas reducirán el número de operaciones.

El desarrollo de tratamientos capaces de estimular el colágeno y la elastina, junto con el uso de células madre, la genética y la inteligencia artificial, permitirá recurrir a procedimientos menos invasivos y más personalizados. “La cirugía es el fracaso de la medicina”, señala, porque cuando aparece una solución médica eficaz, la intervención deja de ser necesaria.

Pese a la importancia de la tecnología, el cirujano considera que la principal competencia profesional sigue siendo la empatía. Enseña a los médicos de su equipo a mirar al paciente a los ojos, darle la mano, transmitirle tranquilidad y acompañarlo después de la operación, porque, según él, “da igual que hagas cirugía estética, gastroenterología o cirugía oncológica: hay que humanizar la profesión”.

Así, después de más de medio siglo de trabajo, Javier mantiene que esa relación con el paciente es lo que continúa despertando su interés por la medicina. Para él, la experiencia no se mide solo por el número de operaciones realizadas, sino también por la capacidad de escuchar, asumir los riesgos y rechazar una intervención cuando el bisturí no es la solución.