En la España de la posguerra era quien tenía las llaves de todo el pueblo: hoy faltan más de 5.000 vacantes

Hubo un tiempo en que su silbato marcaba la tranquilidad de la noche y su presencia era sinónimo de seguridad.

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Tener un buen trabajo a día de hoy supone tener flexibilidad, un buen horario y, por qué no, un buen sueldo. Por eso, siempre se buscan empleos que permitan libertad, conciliación familiar y, en muchos casos, la posibilidad de teletrabajar. Pero no siempre fue así, y en la España de la posguerra las prioridades laborales y el estatus social eran completamente distintos.

Ahora la cosa ha cambiado y mucho en el mundo laboral. Antes, poder trabajar desde casa o tener un horario que se adaptase a nuestras necesidades no era tan importante, sino que el éxito laboral lo marcaba el efecto que dejaba en la sociedad nuestra labor. En una época sin apenas recursos tecnológicos ni cuerpos de seguridad amplios, había profesiones fundamentales para el devenir de las ciudades y pueblos españoles. No eran trabajos de oficina ni empleos invisibles, sino figuras reconocidas que garantizaban algo tan básico como dormir tranquilo.

Este es el empleo que en la posguerra vigilaba las calles y hoy ha desaparecido

La profesión que en la España de los años 40 y 50 era esencial en cualquier ciudad o pueblo y que hoy prácticamente ha desaparecido es la de sereno. Si bien actualmente su función podría compararse con la de vigilante de seguridad, en aquel entonces su papel iba mucho más allá de una simple vigilancia.

Ser el sereno significaba ser el guardián de la noche y de las calles. Recorriendo las calles con su farol y su característico manojo de llaves, este trabajador no solo vigilaba posibles robos, sino que también abría las puertas de los vecinos que llegaban tarde, avisaba a las autoridades ante cualquier incidente e incluso ayudaba en emergenciasSu silbato era señal de tranquilidad: si sonaba, alguien estaba pendiente de todo.

En muchos barrios, el sereno conocía a todos los vecinos y formaba parte del tejido social. Era una figura cercana, respetada y necesaria en una España donde la seguridad dependía más de las personas que de los medios. No tenía grandes privilegios económicos, pero sí un reconocimiento social incuestionable: su presencia era garantía de orden cuando caía la noche.

El cambio llegó con la modernización urbana. La automatización del alumbrado, la aparición de los porteros automáticos, el refuerzo de los cuerpos policiales y la instalación de sistemas de seguridad hicieron que esta figura dejara de ser necesaria. Lo que antes era imprescindible, poco a poco se convirtió en un recuerdo del pasado.

Por qué hoy faltan vigilantes de seguridad

Aunque el sereno ha desaparecido, su equivalente más cercano en la actualidad es el de vigilante de seguridad, un sector que atraviesa una clara falta de personal. En España, se estima que hacen falta al menos 5.000 nuevos vigilantes para cubrir la demanda actual, especialmente por jubilaciones y aumento de servicios .

Hay que decir que se trata de un empleo necesario, pero que ha perdido atractivo con el paso del tiempo. El sector lleva años alertando de dificultades para atraer y retener trabajadores, con una rotación elevada y problemas para cubrir turnos, sobre todo nocturnos o en zonas menos atractivas .

Los “ingredientes” de esta situación son claros:

  • Turnos rotativos y nocturnos poco atractivos
  • Salarios ajustados para la responsabilidad que implica el puesto
  • Condiciones laborales exigentes y desgaste físico y psicológico
  • Falta de conciliación frente a otros empleos más flexibles

Además, a diferencia del sereno, el vigilante actual no cuenta con ese reconocimiento social ni con el vínculo comunitario que caracterizaba al oficio tradicional. Lo que antes era una figura cercana y respetada, hoy es un trabajador muchas veces invisible, limitado a cumplir protocolos en centros comerciales, hospitales o polígonos industriales.

El contraste es evidente: hace setenta años, recorrer las calles de noche con un farol y unas llaves te convertía en una pieza clave del barrio. Hoy, los empleos que cumplen esa misma función luchan por atraer candidatos en un mercado laboral donde la prioridad ya no es vigilar, sino conciliar.

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