El tomate es el rey absoluto de nuestra gastronomía en verano. Platos tan típicos como el gazpacho, el salmorejo o una buena ensalada triunfan en las mesas de toda España para combatir las altas temperaturas como las que se están viviendo ahora mismo. Sin embargo, detrás de ellos hay una crisis económica que cada vez se refleja mucho más en el campo español.
Andrés Góngora, un agricultor dedicado a la variedad del tomate cherry, ha denunciado en COPE la situación extrema que llegan a sufrir muchos trabajadores. Según explica, la enorme diferencia entre lo que cuesta pagar a un trabajador en España y lo que cuesta en Marruecos hace que competir en los supermercados sea una misión imposible para nuestros productores.
“Los cultivos que generan empleo son los que tienden a abandonarse”
El gran problema del tomate, especialmente el tipo cherry, es que requiere mucha mano de obra intensiva porque hay que recoger los frutos uno a uno y a mano. Por eso, el gasto en personal es el que termina ahogando finalmente a los agricultores.
"Los cultivos que generan empleo son los cultivos que tienden a abandonarse. Y ten en cuenta que el coste laboral en España se sitúa aproximadamente en unos 90 € por jornada de trabajo por 8 horas, cuando el coste laboral en Marruecos por una jornada de trabajo son 8", afirma el empresario.
Esta gran diferencia de precios provoca que los productos marroquíes lleguen a las tiendas con un coste muchísimo menor, quitando espacio al producto nacional. De hecho, los datos oficiales de la Federación Española de Asociaciones de Productores Exportadores de Frutas y Hortalizas (FEPEX) indican que las importaciones de tomate de Marruecos no paran de crecer, registrando subidas de más del 50% en algunos periodos debido a los acuerdos comerciales.
Un 20% de pérdida de terreno para cultivar tomates
España es una auténtica fuerza agrícola: somos el segundo productor de tomates de toda la Unión Europea y el séptimo de todo el mundo, con una producción de unos 4.500 millones de kilos al año. El tomate para comer en fresco se planta sobre todo en Almería, mientras que el dedicado a la industria (como el tomate frito o triturado) lidera en Extremadura.
A pesar de estas cifras, la realidad de los agricultores es preocupante. En la última década, España ha perdido más de un 20% del terreno dedicado a cultivar tomate fresco en zonas clave como Andalucía. Muchos profesionales del campo prefieren dejar de plantar tomates para pasarse a otros productos que sean más baratos de recoger o que den más dinero, como el calabacín, el pimiento o el aguacate.
Pero entonces, ¿por qué hay tanta diferencia en los sueldos? En España, un agricultor tiene que cumplir la ley y pagar el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) mas las cuotas obligatorias de la Seguridad Social de sus jornaleros, lo que sitúa la hora de trabajo entre los 8,50 y los 10 euros. En Marruecos, el sueldo mínimo permite pagar poco más de 10 o 12 euros a un jornalero por todo un día de trabajo completo.
Las quejas por una competencia que ven injusta
Los agricultores españoles califican esta situación de competencia desleal. No solo se enfrentan a salarios infinitamente más bajos, sino también a unas normas de salud y medio ambiente mucho menos estrictas.
Producir un kilo de tomates en en España exige pagar sueldos, luz, agua y cumplir las leyes de la Unión Europea sobre el uso de pesticidas. Aunque al final, ambos tomates terminen en la misma estantería, el consumidor encuentra mucho más barato el producto extranjero.