Hablamos a menudo de que muchos oficios tradicionales están sufriendo ahora la falta de relevo generacional, tales como la albañilería o la fontanería, pero hay otros que llevan sufriendo esta falta de relevo varias décadas incluso. Es el caso de la ganadería trashumante, un trabajo que parece hasta de otra época, ya que los altos costes para mantener a los animales y la ganadería intensiva o industrial lo han ido arrinconando.
Pero aunque parezca mentira todavía se ven casos de jóvenes incluso que trabajan como ganaderos o pastoreando. Uno de ellos es el de Usman, un pakistaní que llegó a España con apenas 7 años sin imaginar que iba a ser un hilo de esperanza dentro de un oficio en peligro de extinción. "Hice segundo de bachillerato y no lo terminé porque siempre he querido tener mi propio ganado", admite este joven de solo 23 años en una entrevista con El Español.
Vive en el pueblo conquense de Garaballa, de solo 60 habitantes, donde ha montado su propio ‘imperio’ de ganadería extensiva. "En enero compré 300 ovejas y hace un mes compré otras 200", confirma Usman.
No es el primer inmigrante que viene a España para dedicarse a aquellos oficios tradicionales a los que pocos quieren dedicarse, como el caso del albañil Andrés Tavera. Y es que no es para menos, ya que según un informe de UGT Castilla-La Mancha, la inmigración es el sustento que evita el hundimiento del campo, ya que uno de cada tres empleos lo ocupa un extranjero. En un contexto donde quedan menos de 1.500 pastores en toda Castilla-La Mancha y los montes se cubren de matorrales, historias como esta permiten ver la luz al final del camino.
Una historia ligada al pastoreo familiar
Para comprender por qué una persona tan joven decide dedicarse a un oficio esencial para conservar los bosques, pero marcado por unas condiciones que suelen alejar a las nuevas generaciones, hay que mirar primero a su historia familiar. "Mi padre siempre se ha dedicado a las ovejas de leche y se vino a España en el 2002. Luego vinimos el resto de la familia en 2010", explica.
La familia se instaló primero en Landete, donde Usman pasó su infancia y cursó primaria y bachillerato. Después de la pandemia, dieron el paso definitivo y se mudaron a Aliaguilla, un municipio de 594 habitantes que hoy considera su casa. "Vivo con mis tres hermanas, mi hermano y mis padres. Yo soy el más pequeño", apunta.
Aunque su trayectoria vital todavía es corta, sobre él recae ahora la responsabilidad principal de la explotación ovina. Su padre tuvo que dejar el trabajo por problemas de salud. "Estoy yo solo. Mi hermano trabaja en otro sitio y mi padre está enfermo y se va a jubilar", detalla. Pese a las dificultades, Usman ha logrado poner en marcha una explotación dedicada a la venta de carne de cordero en la Cuenca más rural.
El sueño de tener su propio rebaño
"Hemos trabajado toda la vida para otros, pero ahora tenemos nuestro rebaño. Esto es un sueño", celebra. Su crecimiento ha sido posible gracias a una mezcla de intuición, contactos y una inversión económica considerable. "Había un ganadero en Cañete que quería ampliar su rebaño y yo le compré las ovejas que ya no quería".
Aquella primera compra abrió la puerta a una nueva oportunidad ya que pudo encontrar una nave sin uso en Garaballa, una localidad cercana. "La nave era de un hombre que falleció hace 10 o 12 años, y me venía bien porque me quedaba cerca de Aliaguilla". El problema llegó con la DANA de 2024, que derribó el puente que unía ambos municipios. Desde entonces, cada día tiene que hacer un rodeo de más de 30 kilómetros.
Su rutina permite entender la delicada situación que atraviesa el sector. Sus jornadas evocan a las de los antiguos pastores trashumantes, aquellos que recorrían los campos y que también dejaron huella en la gastronomía manchega, con platos como las migas o el atascaburras.
"Me despierto a las siete de la mañana y llego casi a las diez de la noche". Usman no tiene un horario convencional ni una jornada que termine al salir de una oficina: "A las ocho y media o nueve las encierro. Luego hago la paja de dentro, miro los corderos y veo si alguno está enfermo".
A la exigencia física se añade también la carga emocional de pasar tantas horas solo, una soledad que se intensifica por la falta de cobertura en muchas zonas. "Si tienes cobertura, estás un rato con el móvil, aunque cuando hace frío cuesta sacar las manos. Yo suelo entretenerme con los animales, los acaricio y demás", confiesa.
Las ovejas ayudan a evitar incendios
Además de producir carne, este joven pakistaní desempeña una labor ecológica y medioambiental clave. Sus ovejas funcionan como auténticas "bomberas" del ecosistema, ya que ayudan a limpiar el monte y reducir el riesgo de incendios. "Alrededor de un convento donde se hacen fiestas religiosas, la gente aparca coches y si no hay ganado, sube la hierba y lo tienen que sulfatar o las propias orillas del pueblo", destaca.
El propio alcalde de Aliaguilla le ha agradecido su trabajo, consciente de que el rebaño supone un importante ahorro para unas arcas municipales limitadas. Sin embargo, la falta de apoyo institucional real complica el camino de quienes intentan emprender en este sector.
Usman lamenta que las ayudas económicas lleguen demasiado tarde, justo cuando la inversión inicial ya se ha convertido en una barrera difícil de asumir. "Tienes que invertir demasiado al principio. Las ayudas y subvenciones llegan tarde, por un año y medio o dos". A su juicio, si ese respaldo llegara antes, "muchos lo intentarían".
Un futuro arraigado en la España vaciada
A pesar de las dificultades, del aislamiento y de las exigencias del monte, Usman tiene claro que sus raíces en la España vaciada son cada vez más profundas. "Tengo la nacionalidad pakistaní, pero estoy en trámites para ser español. Mi pensamiento es quedarme aquí siempre", afirma.
Para él y su familia, cada una de las 500 ovejas de su rebaño representa años de sacrificio, trabajo y esperanza. Para la comarca, son también una señal de que el pastoreo todavía puede tener futuro en la Serranía de Cuenca.

