La repostería está viviendo uno de sus momentos de mayor popularidad, con cookies gigantes, tartas de queso, brownies y otros dulces artesanales que cada vez tienen más protagonismo en las cafeterías, las redes sociales y los negocios especializados en toda España. Esto ha llevado a muchos emprendedores a ver en este sector una oportunidad de negocio, aunque detrás de los escaparates hay una realidad más exigente y sacrificada.
Así lo cuenta Anita, empresaria mallorquina de Anita Cakes, en una entrevista con el creador de contenido Adrián G. Martín. La empresaria, que comenzó con apenas 10.000 euros, esperaba superar en 2025 el millón de euros en facturación. Su historia arranca hace doce años, cuando empezó a preparar tartas para amigos y familiares, sin tener estudios de pastelería ni experiencia profesional en el sector.
Sin embargo, todo cambió cuando una amiga vendió una de sus elaboraciones sin consultárselo previamente. “Me dice que había vendido una tarta y le había pedido 35 euros. Sentí como cuando te enamoras, una chispita, unas mariposas”, recuerda de aquella primera venta que le hizo plantearse que su afición podía convertirse en algo más serio.
Entonces decidió dar el salto y alquiló un pequeño local junto a su marido y socio, con una inversión inicial modesta. “Teníamos 10.000 euros ahorrados. Compramos un horno de casa, una batidora normal y alguna cosa de segunda mano”, con el objetivo de comprobar si el negocio podía funcionar sin asumir demasiados riesgos.
Con el paso de los años, el negocio fue creciendo hasta convertirse en una estructura mucho más compleja. Actualmente la compañía cuenta con un gran obrador, varias líneas de negocio y una plantilla de 16 trabajadores a tiempo completo. Solo para alcanzar el nivel actual de producción, Anita calcula que se han invertido alrededor de 400.000 euros entre instalaciones, maquinaria y equipamiento.
Los números casi hacen fracasar el proyecto
Durante toda la entrevista, Anita repite la importancia de controlar los costes desde el primer día, reconociendo que durante los inicios cometió errores habuales entre quienes convierten su afición en una empresa.
“No tener los números como prioridad fue el error más grande. Ni siquiera sabíamos lo que nos costaba hacer un pastel”, admite, ya que durante años calculó únicamente el coste de los ingredientes sin valorar el tiempo invertido en cada elaboración. “Jamás conté mis horas. Jamás cobré mis horas. Error enorme. El tiempo es lo más valioso y es lo más caro”, afirma.
Tampoco ayudó la costumbre de regalar productos o hacer descuentos a conocidos. “A todo el mundo que conocía le hacíamos descuento y cuando mirábamos la caja decíamos que habíamos estado todo el día trabajando y qué había pasado”, recuerda.
Por eso su principal consejo para quienes quieren emprender es perder el miedo a cobrar a lo que realmente cuesta el producto. “Si te sale un precio que tienes que cobrar, tienes que cobrarlo. Si no, para qué abres la puerta”, resume.
Las cookies superan a las tartas
Aunque la marca nació vinculada a las tartas personalizadas, el negocio ha evolucionado con el tiempo y hoy el producto estrella son las cookies, que representan cerca de dos tercios de las ventas. Según los cálculos de Anita, alrededor del 65% de la producción corresponde a este producto, mientras que el resto se reparte entre tartas, brownies, muffins, rolls y otros dulces.
La razón es también económica, ya que las cookies ofrecen mejores márgenes que los pasteles tradicionales. “Una cookie puede tener un 35% de rentabilidad y una tarta la mitad, alrededor de un 15%”, asegura, siendo el principal motivo el coste de la mano de obra necesaria para elaborar y decorar cada pastel.
Actualmente el obrador produce entre 7.000 y 10.000 unidades al mes y abastece tanto las tiendas físicas como otros puntos de venta.
Una tienda espectacular que no es la más rentable
Uno de los aspectos más llamativos de Anita Cakes es su presencia física en Palma. Tras la pandemia, la empresa abrió una tienda en una de las zonas más exclusivas de la ciudad, la cual se ha convertido hoy en el escaparate principal de la marca.
Sin embargo, la realidad económica es menos idílica de lo que muchos imaginan, ya que la empresaria calcula que la inversión acumulada en ese establecimiento supera los 500.000 euros. Además, abrir cada día supone un desembolso de “entre 900 y 1.100 euros fácilmente al día” entre alquiler, salarios, suministros, limpieza y mantenimiento. Por eso reconoce que, pese a su visibilidad, es actualmente la parte menos rentable del negocio.
Aun así, mantienen la apuesta por el valor estratégico de la ubicación. “Es el buque insignia de Anita Cakes”, sostiene como filosofía, siendo similar a la de muchas grandes marcas que utilizan determinados locales como herramienta de visibilidad más que como fuente principal de beneficios.
El objetivo de superar el millón de euros
La empresa cerró 2024 con una facturación cercana a los 800.000 euros, aunque todo apuntaba a que en 2025 marcaría un nuevo récord y superaría el millón, ya que, en el momento de la entrevista, Anita aseguraba que hasta julio ya habían superado la cifra alcanzada durante todo el año anterior.
Además, la emprendedora ya trabaja en nuevas vías de crecimiento. Por un lado, prepara Anita Green, una marca centrada en repostería saludable y, por otro, quiere lanzar cursos de formación para aficionados y para quienes buscan montar su propio negocio en el sector.
A esa estrategia se suma el proyecto de crecer mediante franquicias junto a su marido, ya que el gran objetivo de ambos es llevar Anita Cakes a otras ciudades españolas. “Me gustaría estar en Barcelona, en Madrid y conquistar el mundo”, afirma entre risas.

