La fecha de caducidad de una tarjeta bancaria no anula los datos impresos en ella. El número largo de 16 dígitos, el nombre del titular y la fecha de caducidad siguen siendo válidos como información de identificación una vez vencida la tarjeta, y junto al CVV impreso en el reverso permiten suplantar la identidad del titular o cometer fraudes en plataformas que no exigen autenticación reforzada. En España, las entidades bancarias y los expertos en ciberseguridad recomiendan destruir físicamente la tarjeta antes de tirarla o reutilizarla para evitar ese riesgo.
La banda magnética del reverso almacena información cifrada del titular, y el chip EMV integrado en el plástico contiene un microprocesador con datos de identificación. Aunque ese chip ya no funcione para transacciones, los técnicos de destrucción documental lo consideran un soporte de información personal y, por la Ley Orgánica de Protección de Datos, debe quedar inservible antes de salir del entorno doméstico.
Tirar la tarjeta entera al cubo de basura es una mala idea. Reutilizarla sin tocar el chip, el número y la banda, también. Antes de cualquier segunda vida, el plástico necesita pasar por un paso de seguridad que la mayoría de los tutoriales virales omiten.
Cómo prepararla antes de reutilizarla
Lo primero es cortar la banda magnética del reverso en trozos pequeños, lo segundo destruir el chip doblándolo varias veces hasta partirlo o cortándolo de la propia tarjeta, y lo tercero eliminar el bloque del CVV y el panel de firma del reverso, que en muchas tarjetas españolas comparten zona. Después conviene cortar también la zona donde aparece el número impreso en relieve y el nombre del titular, hasta dejar solo trozos sin datos legibles.
Lo que queda tras el recorte es un rectángulo o varios fragmentos de plástico sin información personal, con un grosor parecido al de un carné y una resistencia mecánica útil para varias tareas domésticas. Ese material es el que se puede reciclar. Si la tarjeta tiene contactless visible (un símbolo de ondas), ahí dentro hay una antena que también conviene cortar, aunque sin datos legibles asociados a la persona suele bastar con romperla.
Usos prácticos en casa una vez recortada
El uso más extendido y el que han popularizado las redes en los últimos meses es el de etiquetas rígidas reutilizables para organizar el hogar. El plástico admite pintura en spray o vinilo adhesivo de color, se lija ligeramente para que el pigmento agarre y se rotula con marcador permanente para nombrar botes de especias, cajas de cables, cajones de costura, llaves o semillas.
Un agujero en una esquina con un punzón caliente o una perforadora permite atar la etiqueta al recipiente con una cuerda fina. Resulta útil sobre todo en cocinas pequeñas donde los botes de cristal se reaprovechan y en pisos compartidos donde el orden visual ayuda a la convivencia.
Más allá de la etiqueta, el plástico de una tarjeta tiene una segunda vida como rasqueta. La esquina recta sirve para levantar restos pegados de placas vitrocerámicas, encimeras, cristales con cinta vieja o suelos con manchas duras, sin rayar como lo hace una espátula metálica. Para los aficionados a la pintura, una tarjeta cortada en bisel funciona como espátula para extender masilla, alisar siliconas en juntas de baño o repartir cola sobre superficies pequeñas. En el cajón de las herramientas de oficina, sirve también como abrecartas improvisado y como cuña para sujetar muebles que cojean.
En jardinería, los fragmentos sirven como etiquetas de identificación de plantas clavadas en macetas, donde aguantan la humedad mucho mejor que el cartón o el papel. Para quien teletrabaja, una tarjeta vieja recortada y forrada con vinilo blanco se convierte en separador de hojas en archivadores grandes, con la ventaja de que no se dobla con el peso del papel.
Si no se reutiliza, cómo reciclarla bien
Cuando no se quiere darle una segunda vida, la tarjeta no va al contenedor amarillo de envases ni al gris de resto. Por la presencia del chip y la banda magnética, los puntos limpios la clasifican como residuo electrónico y muchas oficinas bancarias en España ofrecen un buzón específico para depositar tarjetas caducadas, que luego se reciclan en circuito cerrado por el banco.
Esa opción es la que mejor se ajusta a la normativa europea de gestión de residuos electrónicos y la que evita que el chip acabe en un vertedero junto a residuo orgánico. Para quien acumula varias tarjetas al año entre crédito, débito, fidelidad de supermercado y carnés caducados, el viaje al banco o al punto limpio se convierte en una rutina anual de cinco minutos que ahorra el riesgo de tirar identificación personal en la basura común.