Los oficios tradicionales están resurgiendo, ya sea porque hay más empleo que en otros sectores o porque los salarios están aumentando algo, en comparación con otros oficios más tecnológicos o de oficina donde los sueldos están estancados. El caso es que oficios como el de albañil, fontanero o electricista tienen una alta demanda de personal debido a la falta de relevo generacional y muchos jóvenes se están empezando a decantar por ellos.
Incluso en oficios tradicionalmente desarrollados por hombres, la mujer está empezando a entrar con más fuerza y se está presentando como una vía más para cubrir esa falta de relevo. Un buen ejemplo de ello es el caso de Carolina, una joven de 29 años de origen venezolano que vive en San Sebastián y ha dejado la policía para hacerse autónoma y trabajar de electricista.
Ella era policía en su país y lo cambió por ser electricista en España, además con bastante éxito en el País Vasco, donde desarrolla esta profesión. Pero su llegada a este sector no fue nada fácil, tuvo que superar situaciones de gran precariedad y las malas prácticas que se dan en el sector de las reformas.
Pasó de ser policía en Venezuela a electricista en España
Carolina dejó atrás su trabajo como policía en Venezuela y, después de pasar por varios países, llegó a España, donde iba aceptando los trabajos que le iban saliendo. Trabajó de niñera, de limpiadora y otros puestos que al menos le permitían subsistir. La idea de formarse en electricidad para trabajar de ello se le ocurrió a su madre.
Al principio no lo veía claro, pero se apuntó a un curso que era gratis. Esta decisión fue mejor de lo esperado, ya que la seleccionaron entre 100 aspirantes para solo 15 plazas, dándole así una oportunidad que le cambió su vida en lo que al ámbito laboral se refiere. "Me dijo, estudia electricidad, y yo dije, bueno, me voy a meter a hacer un curso de electricidad", recuerda.
El curso tenía casi 900 horas y encima tenía que ir presencialmente por las tardes, mientras por las mañanas trabajaba en otra cosa y además cuidaba de su hija. Por lo que el comienzo no fue nada sencillo. Pensó hasta en dejarlo. "Fue una temporada muy, muy difícil para mí", admite la joven. Sin embargo, aguantó hasta el final y consiguió el Certificado de Profesionalidad de nivel 2, un paso clave para obtener después el carnet de instaladora.
De la precariedad a trabajar por cuenta propia
Empezó a trabajar en el sector gracias a una empresa de reformas. Y, aunque tenía un buen sueldo aparentemente, unos 1.980 euros, la realidad del día a día era distinta. Ella había sido contratada como electricista, pero al final tuvo que hacer todo tipo de tareas que poco tenían que ver con la electricidad.
"Yo era la electricista de la empresa, pero bueno, como vienes saliendo de la escuela, no te pueden dar un contrato de oficial", recuerda. Entonces, además de los trabajos de electricidad, tenía que hacer también tareas como derribar, colocar azulejos o montar Pladur y demás trabajos duros.
Viendo que no era lo suyo, se fue a otra empresa que de verdad solo se dedicaba a la electricidad. Por suerte, encontró otro lugar para trabajar que le pillaba más cerca de casa y además tenía un mejor horario, eso sí, el sueldo solo era de 1.400 euros mensuales. Al principio aceptó el trabajo, pero un día, después de tener que hacer toda la instalación completa de un edificio, sintió que ni su esfuerzo ni su responsabilidad valían eso.
Esta idea la llevó a hacerse autónoma definitivamente. "Por 1.400 euros al mes... yo pago 1.200 de alquiler, o sea, es que no", explica sobre el motivo que la llevó a trabajar por su cuenta.
La batalla legal por el uso de su carnet de instaladora
Cuando empezó de autónoma se encontró con un nuevo problema, y es que la primera empresa en la que estuvo trabajando seguía utilizando su carnet de instaladora para firmar boletines eléctricos sin que ella lo supiera y sin haber dado permiso. Esto estuvo pasando hasta un mes y medio después de haber dejado la empresa.
"Me dicen, no, es que tú estás dada de alta con otra empresa y estás firmando boletines", le comunicaron desde el departamento de Industria, dejándola un poco ‘en shock’.
La empresa habría firmado en su nombre unos siete u ocho boletines, lo que a ella le supone tener problemas legales debido a que se habían cometido fraudes en su nombre. Al fin y al cabo, ella era la responsable ahora de lo que pasara en esos trabajos, por más que ella no participara en ellos. Carolina no lo dudó y acudió a un abogado para pedir responsabilidades.
Elegir un presupuesto barato puede resultar en ‘chapuza’
Una de las cosas en la que más insiste esta joven electricista cuando tiene que convencer a alguien de hacer una instalación eléctrica en condiciones es en que no deben fiarse de los precios. Tuvo una clienta que rechazó su presupuesto de 5.000 euros y al final se decidió por otro de 3.000 euros que la dejó con una instalación "sin toma de tierra", con un cuadro eléctrico que era "un desastre" y que, además, no funcionaba correctamente. Lo que se conoce como una ‘chapuza’ vamos.
La clienta fue a juicio y todo por este trabajo mal hecho y tuvo que pagar un presupuesto aún más alto que el inicial para poder arreglar todo lo que estaba mal hecho. "Ahora por resanearte toda la instalación, a mí me va a costar el doble que hacerlo desde el inicio", le dijo Carolina.
Por tanto ella lo tiene claro, no hay que rebajar los precios por debajo de lo que vale realmente su oficio y hay que intentar defender siempre una instalación bien hecha, segura y profesional. Sea cual sea el presupuesto.