En el trabajo, mercado o centros educativos, la Inteligencia Artificial (IA) ha pasado a ser una herramienta imprescindible de apoyo en situaciones que, por sí solas, suponen un esfuerzo adicional. Es el caso, por ejemplo, de la redacción de textos oficiales, operaciones de cálculo o diseños gráficos. Los estudiantes, que no viven ajenos a los avances tecnológicos, han visto en la Inteligencia Artificial el aliado perfecto para muchas cosas, entre ellas, la escritura asistida para sus trabajos, proyectos e incluso, candidaturas laborales.
Escribir con la asistencia de la IA, a primera vista, es un proceso sencillo ya que basta con ir colocando las palabras y el modo predictivo termina las frases. En pocos segundos se ve como resultado un párrafo ordenado, gramaticalmente correcto y que responde a las instrucciones que se da. Esto se consigue usando herramientas tan simples como ChatGPT o Gemini.
Los científicos de Iowa State University, entre los que se encuentra Jonathan Wickert, que es profesor de inglés, aseguran en un estudio que la IA no termina con el trabajo de escribir, sino que lo cambia. En el estudio ‘Computers and Composition’, elaborado junto a Emily Dux Speltz, una ex alumna que ahora es profesora de Humanidades, se apunta a que el principal desafío está en pensar qué se va a escribir y no el modo de hacerlo.
Muchos alumnos han llegado a la IA pensando que es la ‘trampa’ perfecta para tardar menos haciendo sus trabajos, pero la realidad es diferente. “Los estudiantes suelen pensar que la Inteligencia Artificial es como un atajo pero no es así porque exige más pensamiento por parte de los estudiantes”.
La IA se encarga de lo superficial, lo demás es humano
La Inteligencia Artificial actúa como un redactor perfecto pero el pulido corre a cargo de los humanos ya que son los mismos estudiantes o profesionales quienes deben juzgar la calidad de los contenidos, controlando el resultado final.
Para llevar a cabo este estudio, Anders y Dux Speltz realizaron un curso llamado ‘AI and Writing’ en el que participaron 38 estudiantes universitarios de 22 especialidades diferentes durante 12 meses divididos en dos semestres. Los asistentes aprendieron a colaborar con herramientas de IA generativa realizando tareas estructuradas, reflexiones sobre su propia escritora y documentando cómo cambia su pensamiento de acuerdo con esta nueva tecnología.
Cuando fueron preguntados, muchos explicaron que la IA era una “herramienta para trabajar con menos esfuerzo, ya que hará el trabajo por mí” pero una vez que empezaron las clases, este castillo se desmontó. Uno de ellos reflejó esto en su cuaderno, donde escribió que “aprendí cómo pensar sobre mi propio pensamiento”.
Los conceptos en los que se sostiene la escritura con IA
Los científicos establecieron tres ideas que los estudiantes deben entender si pretenden escribir buenos textos usando la Inteligencia Artificial. La primera de ellas es que deben experimentar, no es introducir una orden o un dato y quedarse con lo primero salga. “No van a encontrar una respuesta perfecta y tampoco se va a generar automáticamente lo que se necesite”, asegura Anders, “esto requiere ensayo error, probar, revisar, y volver a intentarlo”.
Escribir usando la IA, señalan como segundo pilar a tener en cuenta, es aportar conocimiento y criterio humano. Pero aunque aparezcan textos con frases bien estructuradas, apariencia humana y un tono correcto, no suelen responder a lo que se estaba buscando. “La IA suena inteligente”, asegura el investigador, “pero esto puede engañar a los estudiantes, haciendo que confíen en ella al cien por cien incluso cuando pueden demostrar que está confundida o que no ha entendido el punto central”.
Esto se conoce como ‘la trampa de la fluidez’ que es cuando el texto generado puede parecer correcto por su forma pero no quiere decir que sea riguroso, exacto o comprensible. “Es importante que los estudiantes aprendan a preguntarse por lo que ofrece la IA y no se limiten a copiarlo”.
Es un refuerzo, no una sustitución
El tercer concepto que aparece en el trabajo de investigación tiene que ver con la propiedad del texto. Para los dos expertos, escribir con IA no puede en ningún caso reemplazar la capacidad del estudiante, ya que se trata de complementarla. “Deben reconocer que aunque la IA pueda generar texto pero no responde a la intención de quien ha dado las instrucciones”.
El cambio es para “orquestar y externalizar el trabajo y no para sustituirlo, los estudiantes dejan de usar la IA para no tener que escribir y la empiezan a emplear para elaborar posibilidades, probar ideas y refinar el pensamiento”.
“La IA cambia el flujo de trabajo pero no el hecho de que escribir es pensar”
Los autores apuntan a que es importante aprender a usar estas herramientas aunque “no cambia el hecho de que escribir es pensar”, asegura Anders para quien “los estudiantes deben aprender a tomar decisiones, marcar la dirección en la que quieren que vaya la IA y dar forma al significado”.
Los alumnos que terminaron este curso aseguraron que se volvieron críticos y autosuficientes en sus decisiones y que en vez de tratar la IA como un atajo empezaron a usarla para evaluar ideas, alternativas y reforzar sus argumentos. “En el momento en que aprenden a ser ellos quienes dirijan la IA en vez de depender de ella, se convierten en mejores escritores”. “Esta será la habilidad que importe más allá de que cambien las herramientas”.