No hay mejor relato de cómo era la vida antes que el que nos cuentan nuestros abuelos y jubilados, que saben como era vivir en la posguerra, una época marcada por el trabajo duro desde muy niños y de pasar hambre en la mayoría de hogares españoles. En el programa Centenarios de Canal Sur, unos jubilados con más de 100 años explican cómo era su vida en esa época y las penurias que tuvieron que pasar. Tres andaluces comparten sus recuerdos, marcados por la escasez, el esfuerzo constante y una forma de vida que poco tiene que ver con la actual.
Soledad, Pedro o María Inés son algunos de los pocos centenarios que quedan en Andalucía y que todavía tienen fuerza para contar cómo fue vivir en la posguerra. Ellos crecieron en una España donde trabajar no era una opción, sino una necesidad. Madrugar, aguantar jornadas interminables y apañarse con lo poco que había formaban parte del día a día. Para ellos, ganarse la vida significaba, literalmente, sobrevivir.
Sus testimonios reflejan cómo han cambiado las cosas con el paso del tiempo. Lo que hoy se entiende como calidad de vida, para ellos era un lujo impensable. A través de este documental, comparan su juventud con la de ahora, dejando claro que fueron tiempos mucho más duros.
“La gente tenía más hambre que la mar…”
Soledad Domínguez, conocida como “Sole”, recuerda sus años al frente de una carnicería en plena época de racionamiento. “Mi madre tenía otra al lado… las dos éramos carniceras”, cuenta entre risas en su casa en Sevilla.
En aquellos tiempos no se desperdiciaba nada. La necesidad agudizaba el ingenio y el hambre marcaba el comportamiento de la gente. “En mi boda saltaron por las mesas… había mucha hambre”, rememora, reflejando la crudeza de la época.
Trabajar desde muy joven era lo habitual, especialmente complicado en el caso de las mujeres. “Para entonces, tener un negocio siendo mujer era adelantarse a su tiempo”, explica su familia. Aun así, Sole rompió moldes: con 60 años se sacó el carné de conducir y se compró un coche.
Cuando le preguntan cómo se ve hoy, lo tiene claro: “Yo vieja no me veo”.
“Dos arrobas en la cabeza y kilómetros andando”
Desde Los Barrios (Cádiz), María Inés, con 105 años, recuerda una vida marcada por el esfuerzo físico. “Eso era miseria todo”, resume con sencillez.
Las largas caminatas cargando peso eran habituales. “Cinco o seis kilómetros… con dos arrobas en la cabeza”, recuerdan sus familiares. El trabajo en el campo, recoger plantas o cualquier tarea que diera algo de comer era parte de la rutina.
La solidaridad también estaba presente incluso en la escasez. “Mi madre daba de comer a quien podía… compartía lo poco que había”, explica su hijo.
Durante la guerra sufrió una pérdida irreparable: su marido fue llamado a filas y murió poco después. Aun así, siguió adelante sin rendirse. Su mensaje es claro y directo: “Tiene que mirar para adelante”.
“En 1935 ya estaba buscando trabajo”
En Córdoba, Pedro, nacido en 1920, recuerda cómo empezó a trabajar siendo apenas un adolescente. “Con quince años ya estaba en el campo”, explica.
Sin maquinaria ni comodidades, el trabajo agrícola exigía un gran esfuerzo físico. “Con un par de mulos y buenas manos… así se hacía todo”, relata. La jornada no tenía fin: regaba de noche y descansaba cuando podía, incluso en mitad del surco.
Su estilo de vida ha sido siempre sencillo. “Ajos, cebolla… eso es la mejor medicina”, asegura. Incluso hoy mantiene costumbres del campo, convencido de que han influido en su longevidad.
En la posguerra la mujer trabajaba sin descanso y sin contrato
El hambre y las restricciones marcaron una época. Las cartillas de racionamiento eran esenciales y conseguir alimentos implicaba largas colas. A esto se sumaba el miedo constante durante la guerra.
Las sirenas obligaban a refugiarse sin saber qué ocurriría al salir. Muchas familias vivieron con incertidumbre diaria, sin garantías de conservar su hogar.
Las mujeres, además, asumían trabajos sin reconocimiento: cuidar, limpiar o ayudar en lo que hiciera falta, siempre sin descanso ni contrato.
Una generación en la que el esfuerzo no se negociaba
Las historias de Sole, María Inés y Pedro reflejan la realidad de toda una generación. Empezaron a trabajar siendo muy jóvenes, en una época donde no había apenas oportunidades ni derechos laborales.
La ropa se reutilizaba, la comida se compartía y el trabajo era constante. El descanso apenas existía y estudiar era, en muchos casos, imposible.
“Ahora los jóvenes viven de otra manera”, reflexiona Pedro, consciente del cambio generacional.
Para ellos, la jubilación no fue solo dejar de trabajar, sino haber resistido lo suficiente para llegar hasta ahí. Su vida no se mide en años cotizados, sino en esfuerzo acumulado.
Entre recuerdos duros y momentos de orgullo, dejan una enseñanza clara: trabajar, resistir y seguir adelante, pase lo que pase.

