La muerte sigue siendo uno de los grandes tabúes sociales, pese a que alrededor de ella trabaja un sector imprescindible para acompañar a las familias en los momentos más difíciles. Entre esos profesionales están los tanatopractores, encargados de preparar a los fallecidos antes del último adiós en una escena marcada por el duelo.
José Luis Mulero es tanatopractor y está acostumbrado a que la gente se quede un poco descolocada cuando le preguntan a qué se dedica. “Cuando digo que preparo fallecidos, algunos dan un paso atrás”, cuenta con naturalidad en una entrevista para ‘Metrópoli’. Además, también es perito judicial, investigador de accidentes de tráfico con víctimas, embalsamador y fundador del Instituto Español Funerario. Es decir, que trabaja en una realidad “donde los demás no quieren mirar”.
Cómo se prepara a un fallecido antes del último adiós
Su oficio consiste en preparar los cuerpos antes del último adiós, conservarlos, reconstruirlos si es necesario y cuidar la parte estética para que la familia pueda despedirse de la forma más serena posible. “La tanatopraxia engloba el embalsamamiento, la tanatoestética y también la reconstrucción. Todo lo que tiene que ver con la preparación de un cadáver”, resume.
“Somos la última persona que ve al fallecido. Y lo mínimo que merece es respeto”.
Sin embargo, José Luis insiste en que la técnica no basta para ejercer este oficio. Hace falta “respeto al fallecido, respeto a la familia y empatía”, pero también valentía. “Muchas veces te llevas a casa la experiencia de ese día porque hay casos muy traumáticos y necesitas una psicología muy aplomada para dedicarte a esto”, reconoce.
La parte más delicada de su trabajo: la familia
En cuanto al contacto con las familias, señala que es una de las partes más delicadas. En muchas ocasiones, el trabajo del sector funerario empieza en un domicilio, en la vía pública o tras una muerte violenta, un accidente, un suicidio o un atropello, y “tienes que llamar a la puerta, decir quién eres y a qué vienes. Es muy incómodo, la verdad”, apunta.
Así, ese primer contacto exige tacto y contención, por lo que no se trata solo de recoger un cuerpo o iniciar unos trámites, sino de entrar en una casa donde acaba de producirse una pérdida. Por eso, defiende que el profesional debe saber medir cada palabra, actuar con discreción y entender que, para la familia, ese momento puede quedar grabado para siempre.
Más tecnología y poca regulación
Aunque el embalsamamiento tiene raíces muy antiguas, José Luis asegura que la profesión ha cambiado mucho con los años. Ahora trabajan con máquinas y materiales más modernos, que permiten conservar mejor los cuerpos y mejorar el drenaje de la sangre antes de introducir los líquidos de conservación, aunque cree que todavía queda camino por recorrer en este sentido y señala que “en España estamos 20 o 25 años por detrás de Europa”.
Desde su punto de vista, una de las grandes asignaturas pendientes del sector es la regulación. Según explica, el reconocimiento profesional cambia según la comunidad autónoma. “Es como si usted es periodista en Cataluña y en Aragón no le dejan ejercer como periodista”, compara, haciendo hincapié en que esa desigualdad genera inseguridad en un sector que reclama más profesionalización.
El lado más humano de su trabajo
José Luis también ha formado a miles de alumnos desde el Instituto Español Funerario, por cuyos cursos ya han pasado unas 17.000 personas, de las cuales alrededor del 95% son mujeres de entre 18 y 35 años. “Antiguamente era un sector de hombres, como la mecánica o la obra. Pero las mujeres son muy válidas, incluso en algunas ocasiones mucho más que nosotros”, asegura.
A pesar de que el profesional cree que parte del interés viene de las series de criminalística, también lo relaciona con experiencias personales. “Mucha gente ha perdido a un ser querido y se pregunta qué pasa después, quién prepara a esa persona”, explica.
De hecho, precisamente esa parte humana es la que hace que algunos casos resulten imposibles de olvidar. Uno de los que más le ha marcado fue el de tres hermanos pequeños fallecidos en un accidente de tráfico ante sus padres. “Todo lo que son neonatos, niños en general, toca la sensibilidad y me permito decir que hasta lloré. Me tuve que retirar un buen rato”, confiesa.
Sin embargo, José Luis defiende que su trabajo tiene un sentido claro, y es ayudar a que la despedida sea digna, por eso habla de respeto casi como una norma básica del oficio. Incluso menciona una costumbre que ha visto en México, donde algunos profesionales piden permiso al fallecido antes de empezar. “Es curioso, pero tiene mucho sentido. Es una forma de decir: ‘voy a trabajar contigo, disculpa y espero que estés bien’”, concluye.