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Platón, filósofo: "La mayor declaración de amor es la que no se hace, el hombre que siente mucho, habla poco"

Esta máxima, atribuida a la sensibilidad del pensador que definió el idealismo, sugiere que el sentimiento más profundo no reside en la retórica, sino en la contención y en la vivencia de una verdad que trasciende las palabras.

Estatua del pensador.
Estatua del pensador. |GETTY IMAGES
Fátima Pazó
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Platón no siempre se llamó así. Su nombre real era Asitocles, pero su entrenador lo apodó ‘Platón’ (el de hombros anchos) por su robusta complexión.

Este filósofo no solo levantó mucho peso, sino que fue uno de los personajes más importantes que crearon los cimientos de cómo amamos y pensamos hoy en día. Su afirmación de que “la mayor declaración de amor es la que no se hace” sintetiza su desconfianza hacia el mundo de las apariencias y su fe en lo invisible. 

Para el filósofo que fundó la Academia, el lenguaje a menudo era insuficiente ante una realidad mucho más pura: el mundo de las ideas. Quien "siente mucho" ha tenido un vislumbre de esa belleza eterna y comprende que cualquier intento de verbalizarla solo conseguiría limitarla.

La vida de Platón estuvo marcada por el contraste entre el ruido del conflicto y el silencio de la reflexión. Creció durante la Guerra del Peloponeso, viendo a su Atenas natal desmoronarse entre plagas y tensiones políticas. 

Sin embargo, su verdadero giro vital ocurrió al conocer a Sócrates. De su maestro aprendió la mayéutica, el arte de dar a luz a la verdad mediante el diálogo, pero también sufrió el trauma de ver cómo la democracia ateniense condenaba a muerte al hombre más justo de la ciudad. 

Este evento le enseñó que la integridad y la virtud no necesitan de grandes discursos, sino de un compromiso absoluto que se demuestra, si es necesario, bebiendo la cicuta en silencio.

Su filosofía de vida: el platonismo

El pensamiento de Platón se divide en dos reinos que explican su visión del amor y la verdad. Por un lado, el mundo sensible, el que percibimos con los sentidos, caracterizado por el cambio y las copias imperfectas. 

Por otro, el mundo de las ideas, donde residen las verdades estables y perfectas. En su famoso 'Mito de la Caverna', Platón compara a la humanidad con prisioneros que solo ven sombras proyectadas en la pared. 

El amor, en su forma más elevada, es el impulso que nos hace salir de la cueva para ver el sol (la idea del bien). Cuando ese sentimiento es genuino, el alma experimenta la reminiscencia: recuerda la perfección que conoció antes de encarnar en un cuerpo físico.

La Academia: primera institución formal de Occidente

Esta profundidad filosófica se trasladó también a sus intentos de política práctica. Platón viajó a Siracusa con la esperanza de convertir al tirano Dionisio I en un ‘rey filósofo’, un gobernante que buscara el conocimiento antes que el poder. 

El fracaso de esta misión y su posterior desilusión con la política de su tiempo lo llevaron a refugiarse en la enseñanza. En la Academia, la primera institución educativa formal de Occidente, Platón no buscaba que sus alumnos repitieran doctrinas vacías, sino que practicaran la dialéctica y las matemáticas para elevar su espíritu por encima de lo cotidiano.

'La escuela de Atenas', de Rafael Sanzio.

El legado de Platón es la columna vertebral de nuestra cultura. Desde el neoplatonismo de Plotino hasta la teología de San Agustín, su idea de que lo más real es lo que no se ve ha moldeado siglos de espiritualidad y arte. 

Su frase sobre el silencio del amante es, en última instancia, una lección de humildad intelectual: ante lo sagrado y lo inmenso, las palabras sobran. Quien entiende la grandeza del amor o de la verdad prefiere habitar en ellos antes que intentar explicarlos, pues sabe que la lengua es una herramienta del mundo físico, mientras que el sentimiento pertenece a lo eterno.

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