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Miles de bombas químicas de la Segunda Guerra Mundial están a punto de romperse bajo el mar Báltico

Entre 40.000 y 60.000 toneladas de munición química y convencional se oxidan en el fondo y liberan compuestos tóxicos, mientras científicos y gobiernos discuten cómo retirarlas sin agravar el daño

Recreación de bombas bajo el mar
Recreación de bombas bajo el mar |Gemini
Francisco Miralles
Fecha de actualización:
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Entre 40.000 y 60.000 toneladas de armas químicas y munición convencional siguen depositadas en el fondo del mar Báltico desde el final de la Segunda Guerra Mundial y, con la corrosión, van liberando sustancias tóxicas al agua y a los sedimentos, según explica el biólogo Michal Czub, del Instituto de Oceanología de la Academia Polaca de Ciencias, en una entrevista publicada por Euronews.

Czub explica que el riesgo no se limita a las armas químicas. En el mar Báltico también hay muchísima munición convencional, que puede contaminar el agua al degradarse. Según sus cálculos, en el siglo XX se llegaron a colocar hasta 200.000 minas marinas, con cargas que iban desde decenas de kilos de explosivo hasta una tonelada. “Es una escala enorme, masiva”, resume, y añade que, por volumen, hay más restos de armas convencionales hundidas que de armas químicas.

“Es una escala enorme, masiva”

Aunque el experto desaconseja hablar de “bomba de relojería”, el mecanismo de degradación es claro. A medida que se oxidan carcasas y contenedores, toxinas y productos de degradación pasan al medio marino y pueden incorporarse a los organismos. La pregunta aquí sería el alcance real del impacto, porque “no son necesariamente los compuestos más abundantes los potencialmente más nocivos” y sustancias presentes en menor cantidad pueden resultar mucho más peligrosas.

El caso del Báltico es, además, un laboratorio con implicaciones actuales. Czub vincula este conocimiento a conflictos contemporáneos, como el del mar Negro, donde la munición puede acabar en el agua por bombardeos o por pérdidas accidentales. “Tenemos la suerte de que en el mar Báltico estamos investigando algo histórico”, afirma, con la vista puesta en aplicar esas lecciones cuando llegue el momento de evaluar el daño ecológico en otras zonas.

“El problema es que se detectaron en el 10% de las muestras de peces de Bornholm y estas concentraciones eran muy bajas”

Las investigaciones han ido desmontando una idea extendida tras la guerra, la de que el agua marina neutraliza sin más los agentes químicos. En laboratorio, explica el equipo, agua destilada y agua de mar con sedimentos se comportan de forma muy distinta. Y, en algunos casos, los productos de degradación resultan más tóxicos que los compuestos originales.

En la cadena alimentaria aparecen señales, aunque aún fragmentarias. El biólogo recuerda los casos de quemaduras por iperita entre pescadores en las proximidades de Bornholm. También se han detectado toxinas en peces, pero con un matiz que resume la incertidumbre científica. “El problema es que se detectaron en el 10% de las muestras de peces de Bornholm que se analizaron, y estas concentraciones eran muy bajas”, indica.

A esa incertidumbre se suma un factor que acelera el deterioro. El calentamiento del mar incrementa la corrosión y, con ella, la liberación de sustancias químicas. “Estamos encontrando objetos totalmente corroídos”, dice Czub, que considera que algunos contenedores ya han desaparecido por completo, mientras que proyectiles de artillería, por su mayor grosor, resisten más tiempo.

La salida, sin embargo, no es sencilla. Aunque hoy existen prohibiciones y marcos internacionales que desaconsejan o impiden el vertido de munición, el debate se centra en cómo retirar lo ya hundido sin multiplicar riesgos. Euronews recoge una paradoja jurídica señalada por expertos: extraer munición química puede generar conflictos con la propia arquitectura de no proliferación, porque la “posesión repentina” de esos compuestos podría interpretarse como una vulneración de la Convención sobre Armas Químicas.

Para contextualizar la escala histórica, la comisión regional del Báltico HELCOM estima que tras la Segunda Guerra Mundial se vertieron en el mar unas 40.000 toneladas de munición química, con miles de toneladas de agentes de guerra química en su interior.