Aristóteles no conoció estudios científicos ni datos sobre salud mental, pero dejó escrita una idea que hoy la psicología respalda: sin vínculos no hay felicidad. “No te fíes de alguien que no tiene amigos, porque alguien que no tiene amigos es imposible que sea feliz”, recordaba recientemente en una entrevista para BBVA el filósofo David Pastor Vico al citar al pensador griego. La frase puede parecer dura, pero resume algo que la ciencia ha confirmado con el tiempo.
El estudio más amplio realizado hasta ahora sobre el desarrollo adulto, impulsado por la Universidad de Harvard y aún en marcha, concluye que la calidad de las relaciones personales es uno de los factores que más influyen en la salud y la longevidad. Sentirse solo sin quererlo puede ser tan perjudicial como otros malos hábitos. No afecta solo al estado de ánimo, el aislamiento prolongado también pasa factura al cuerpo.
La amistad como condición para una vida lograda
Aristóteles habló de este tema en su obra Ética a Nicómaco, donde dedicó dos libros enteros a explicar qué es la amistad. Afirma que nadie elegiría vivir sin amigos, aunque tuviera todo el dinero y las riquezas del mundo. Con esta idea cuestiona algo que todavía muchos creen, y es que la felicidad depende principalmente de tener bienes materiales.
Cuando Aristóteles habla de amistad utiliza la palabra griega philia, que es más amplia que lo que hoy entendemos por “amigos”. Incluye también a la familia y a las personas con las que tenemos un vínculo afectivo. Para él, la felicidad (eudaimonía) no es una emoción pasajera, sino una manera de vivir bien y actuar correctamente a lo largo del tiempo.
Y esa buena vida solo puede construirse junto a otras personas. “Somos animales sociales, somos animales gregarios. Cuanto mejor sea la vida en comunidad, más felices podremos decir que somos”, recordaba Pastor Vico.
El profesor Robert Waldinger, actual director del estudio de Harvard, aconseja que cuando llegues a casa estresado o de mal humor, hables con alguien cercano o llames a un amigo. Es un gesto pequeño, pero que demuestra que las relaciones no son un complemento en nuestra vida, sino una parte fundamental de nuestro bienestar.
No todas las amistades valen lo mismo
Aristóteles fue más allá de la simple defensa de la amistad y propuso una clasificación que aún hoy se cita. Distinguió entre las amistades que surgen por utilidad, las que se basan en el placer y las que nacen de la virtud.
Las primeras duran mientras haya un beneficio para ambos. Por ejemplo, un compañero con el que trabajas porque os conviene a los dos. Las segundas se basan en pasarlo bien juntos, como el amigo con quien sales porque te diviertes. Las terceras, las de virtud, son las más profundas: dos personas que se aprecian y se desean lo mejor por cómo son, no por lo que pueden sacar de la relación.
Este tipo de amistad, que no es muy común y requiere compromiso, enriquece la vida. Ayuda a mantenerse firme en los momentos difíciles y a actuar bien de forma constante, que es lo que los griegos entendían por virtud. En este sentido, la amistad no es solo tener compañía, sino también una oportunidad para crecer como persona.
Aristóteles llega incluso a sugerir que, en una comunidad de verdaderos amigos, casi no haría falta la justicia. Los amigos de verdad no se están haciendo cuentas todo el tiempo ni midiendo quién dio más. Los problemas se hablan y se resuelven, y el dinero o el interés no son lo más importante en la relación.
La soledad elegida no es el problema
Ahora bien, ¿quiere decir esto que toda persona solitaria está condenada a ser infeliz? No necesariamente. Interpretar la frase de forma literal puede ser injusto. Hay momentos en la vida, como una mudanza, una ruptura o una depresión, en los que el círculo social se reduce. Además, hay personas que disfrutan del silencio y de pasar tiempo a solas.
El psicólogo Gabriel Rolón explica que la soledad escogida no tiene nada de malo y a veces la necesitamos. Saber estar solo puede ser una señal de equilibrio emocional. De hecho, la psicología ha analizado este perfil con detalle. Las personas que prefieren quedarse en casa en lugar de salir con amigos suelen compartir una serie de rasgos distintivos que nada tienen que ver con la infelicidad o la falta de vida social.
El verdadero problema no es estar solo de vez en cuando, sino sentirse aislado durante mucho tiempo y creer que no le importa a nadie. La clave está en poder volver a conectar. Alguien puede tener solo dos o tres amigos y, aun así, contar con una red fuerte y valiosa. No se trata de cantidad, sino de calidad.
Cuántos amigos hacen falta para ser feliz
La psicología no establece un número exacto de amigos para ser feliz. Lo importante no es cuántos se tienen, sino cómo son esas relaciones. Los estudios suelen señalar que basta con tener entre una y cinco personas muy cercanas, al menos alguien de confianza con quien poder hablar de todo y un pequeño grupo que sirva de apoyo. Además, puede haber un círculo un poco más amplio de unas quince personas con las que se mantiene contacto habitual, que ayuda a sentir que se forma parte de una comunidad.
Hay personas que están rodeadas de gente y aun así se sienten muy solas. Y otras que tienen pocos amigos, pero cuentan con un apoyo fuerte y sincero. La diferencia no está en tener muchas personas alrededor, sino en la calidad y la profundidad de esas relaciones.
Más de dos mil años después, la idea de Aristóteles sigue teniendo sentido. No porque haya que desconfiar de quien está solo, sino porque recuerda que es muy difícil ser feliz en aislamiento. El éxito, el dinero o el prestigio pueden llegar o no, pero si no se tiene a alguien con quien compartir la vida, aunque sea una sola persona, el bienestar propio se vuelve más frágil.