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Diane (72 años) habla claro sobre la vejez: “me he dado cuenta de que no me siento ilusionada por nada desde hace años”

Tuvo que aceptar la jubilación forzosa con 64 años y desde entonces busca actividades en las que ocuparse aunque ninguna consigue animarla.

Mujer mayor mira a un lado
Una mujer mayor mirando a un lado. |Envato
Berta F. Quintanilla
Fecha de actualización:
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Diane, una mujer de 72 años, cuenta en primera persona sus sensaciones al llegar a la vejez. Cumplir esa edad, para muchos jubilados es sinónimo de poder viajar más barato, descansar pasando tiempo con la familia o hacer cosas que, durante el tiempo en que se ha estado trabajando o cuidando de los hijos, era imposible. 

Como cuenta en un texto recogido por el medio Expert Editor, mientras hablaba con su hija por teléfono comenzó a plantearse su situación y encontró algunas respuestas a su sensación de tristeza. “Tengo 72 años y me di cuenta de que no me he sentido realmente ilusionada por nada desde 2015. Ni por viajar, ni por un ascenso o la llegada de mis nietos”. Intentaba explicar lo que le pasaba, pero “no encuentro las palabras”. 

Porque lo que describe no es depresión ni tristeza, sino una apatía que no se va y que ha convertido en normal. “No es que me faltase algo en concreto, es que nada me hacía vibrar”.

Con la jubilación forzosa tuvo que cambiar su modo de vida

Diane explica que su bajón comenzó en el momento en que aceptó la jubilación forzosa a los 64 años, cuando en su empresa se estaban reestructurando. “No fue un cambio brusco, pero con el paso de los años me dí cuenta de que estaba haciendo gestos que tenía automatizados, sin pensar demasiado. Y que no los sentía”.

Poco a poco aprendió a entender qué le estaba pasando, a interpretar sus nuevas emociones. “Sabía en cada momento lo que debía decir, pasé muchos años en marketing, donde estudiaba ambientes diferentes y luego daba a la gente lo que estaban pidiendo, y esto fui incorporándolo a mi vida personal”.

Aunque esta nueva situación, sin trabajo y con tiempo libre para cuidarse y cuidar a su familia, la mantenía ocupada “sentía que me faltaba algo, notaba un hueco donde antes había alegría”.

Nadie se dio cuenta de lo que estaba pasando

Lo que más le preocupaba no era esa situación en la que cada vez tenía menos ganas de hacer cosas, sino que ninguna de las personas de su entorno lo notó. “Yo seguía cumpliendo con todo, haciendo vida social… publicaba en redes sociales y me hacía fotos con mi familia”, aunque cada vez se notaba más su falta de entusiasmo. 

Entonces, cuenta Diane, notó que estaba normalizando lo que le pasaba. ”Hay cierta vergüenza en admitir que no te emociona ver a tus nietos”, asegura, “suena a ingratitud, pero amar y entusiasmarse no son lo mismo”. Y pensaba que no tenía motivos para sentirse mal: la salud, la familia y ahorros en el banco deberían bastar para estar más alegre. 

Una tarde, mientras estaba viendo álbumes de fotos antiguas se quedó fija en una de ellas. Salía de joven, riendo y con los ojos cerrados. “Estuve mirándola veinte minutos, intenté recordar cuándo fue la última vez que me reí de ese modo”

Entonces fue cuando entendió que se había metido de lleno en una vida de rutinas, que cada momento por el que pasaba parecía haberlo vivido antes. “Estaba dentro de una cárcel”, señala. 

“Es el momento de hacer algo que me dé miedo”

Cuando colgó el teléfono a su hija se quedó pensando, “quizás es el momento de hacer algo que me dé miedo”. Y es que, cuando se cumplen 72 años “la gente deja de esperar que les sorprendas, pero pienso que si fui más feliz a los 70 que a los 40 pensé ¿por qué no dar otro giro?”.

Ahí fue cuando se apuntó a un taller de escritura, “no porque quisiera llegar a algo, sino por la emoción y la reacción física que me provocó ese gesto… el temblor que sentí fue lo más bonito que me ha pasado en años”.